La tensión por ser la máxima protagonista de un día histórico para la realeza del Principado, su condición de deportista y no de sangre azul, los rumores sobre su intento de huida dos días antes de la boda, la emoción, o todo, quebraron ayer la resistencia de Charlene.

La nueva princesa de Mónaco que había resistido estoicamente durante los momentos clave de su boda religiosa con el príncipe Alberto II, finalmente dejó escapar las lágrimas dentro de la capilla de Santa Devota.

Los príncipes Alberto II y Charlene de Mónaco celebraron ayer la segunda de las dos bodas, una civil y otra religiosa, con las que sellaron cinco años de noviazgo y contribuyeron a afianzar el futuro del Principado, en el que se espera con ganas la llegada de un heredero al trono.

Charlene de 33 años, 20 menos que su esposo, deslumbró a su llegada a la Plaza del Palacio acompañada de su padre, Michael Kenneth Wittstock.

La ex campeona sudafricana de natación llevaba un traje firmado por el modisto italiano Giorgio Armani adornado con 40.000 cristales Swarosky y con 30.000 perlas doradas.

La princesa, acompañada por siete pequeñas damas de honor, todas ellas monegascas, sonrió tímidamente cuando fue aclamada por los asistentes a su paso por la alfombra roja y blanca, colores nacionales del Principado, que tras el enlace será subastada para dedicar lo recaudado a causas humanitarias.

Charlene llegó puntual a las 12 de Argentina, el príncipe Alberto, vestido con el uniforme de verano, blanco, de la orden de carabineros, la esperaba en el patio de honor en el que se celebró la boda.

La ceremonia religiosa no se había caracterizado por el intercambio de miradas o comentarios cómplices entre la pareja, sino por la seriedad del nuevo matrimonio, con momentos de distensión escasos y puntuales, como cuando la soprano sudafricana Pumeza Matshikiza cantó justo después del intercambio de alianzas.

Cuando terminó el enlace, la pareja se dúo un baño de popularidad al recorrer las calles principales el Principado en un descapotable rumbo a la capilla de Santa Devota. A poco de ingresar, la novia sorprendió a todos con su llanto. La princesa cedió a la presión y la emoción cuando la soprano Marie-Clotilde Würz-De Baets, y su hija, de once años, entonaban un canto a la Virgen.

Pastel de boda con 2.000 flores

Dos mil flores de azúcar coronaron ayer la torta nupcial que ofrecieron los príncipes Alberto II y Charlene de Mónaco a sus 500 invitados a la cena, un pastel de siete plantas, 1,5 metros de diámetro y dos y medio de alto. En la ceremonia religiosa hubo más de 3.000 invitados.
La flor en cuestión, una protea, símbolo nacional sudafricano, que completa un bizcocho ‘esponjoso de almendras, con una fina compota de grosellas y una mousse ligera de vainilla, recubierta de chocolate blanco y de algunas perlas de grosella‘.
El banquete, servido en la Ópera Garnier requirió también 150 kilos de pescado de diez tipos diferentes, 50 kilos de fresas, 30 de moras y 20 de frambuesas, así como 100 litros de leche para elaborar el helado que acompaña otro de los postres.
Como entrante, el barbagiuan, una suerte de raviolis de pasta muy fina, rellenos de espinacas, puerros, cebolla, perejil, albahaca y, entre otros ingredientes, huevo y queso parmesano, para un interior ‘tierno y verde‘.
A continuación, y en un plato grande, ovalado y generoso, hortalizas y mújol marinado, pescado por Gérard Rinaldi, de la última familia de pescadores en Mónaco.
El menú prosiguió con trigo cocinado con zanahorias, corazones de alcachofas, puerros, guisantes, apio y, entre otros, champiñones. Y antes de pasar a los postres, sobre un lecho de patatas, la pesca local fue invitada con toda su simplicidad, con un revuelto de langostinos, dorada, lenguado o pulpo, que según las intenciones del chef, “transporta a las escenas míticas de las antiguas riberas, relumbrantes y repletas de azul”.