Mientras los 33 trabajadores esperan con paciencia ser rescatados del yacimiento donde se encuentran atrapados, sus mujeres cobijadas en el campamento Esperanza demuestran esa misma "fuerza minera" de la que todos hablan en Copiapó y que se resume en un espíritu de lucha y coraje para sostener el ánimo levantado y aguantar el estoico encierro.

María Segovia, una de las mujeres protagonistas de esta historia, cree que esta "fuerza minera es la garra que sale del alma", porque "la fuerza que están poniendo los 33 hombres allá abajo es la misma que nosotras ponemos acá arriba", aseguró.

María y su hermana Elizabeth están instaladas en una precaria carpa desde aquel 5 de agosto pasado, cuando se conoció la triste noticia del derrumbe donde quedó atrapado su hermano, Darío Arturo Segovia, y desde ese día no abandonaron la ciudadela en la que se ha transformado el campamento.

Junto a ellas, también espera a su marido Cristina Mecías de 26 años, quien asegura que se trata de "ser fuerte con el corazón". "Amamos a nuestras familias y sabemos todas las cosas que uno puede lograr con ese amor y fuerza que uno tiene. Desde el principio que no decaemos gracias a esto", señaló la esposa de Claudio Núñez (34), papá de sus hijos Arlene y Madeleine, de 8 y dos años.

Desde hace más de un mes, los alrededores de la mina San José se vistieron de blanco, azul y rojo: los colores de la bandera chilena que flamean a lo alto como una fuerte señal de presencia patriótica hacia los mineros atrapados, que no saldrán a la luz hasta al menos dos meses más, sin embrago los familiares siguen esperanzados en que la espera sea más corta.

Junto a las banderas, las mujeres colgaron en rocas y toldos numerosos carteles, fotos de sus queridos hombres e innumerables mensajes de amor y esperanza.

"Fuerza y corazón de mineros", se lee en una de las carpas; "Juan Illanes, tu familia te quiere y te espera", dice otro. "Tu familia, tus amigos y Talcahuano esperan pronto tu regreso", le escribieron al minero Raúl Ibáñez.

Zulema Rojas es hermana de Jhonny Barrios y prefirió abandonar su hogar en Copiapó para instalarse en una carpa y acompañar de cerca a su hermano, a quien le auguró "una vida nueva, ya que si Dios lo puso ahí es por algo".

Todas se acompañan en las largas horas de espera, conversan, comparten sus experiencias de vida con los medios de prensa, pero sobre todo se alientan y dedican gran parte del tiempo a escribir las cartas que suben y bajan a diario a través de las "palomas".

"El dice que está bien y yo le creo, porque lo noto de buen ánimo cuando veo los videos. Eso sí me pedía una chelita (cerveza)", recordó, aunque el envío de alcohol ya es un tema descartado por razones de seguridad física y de convivencia.

Otras mujeres que se destacan son las voluntarias de la Cruz Roja chilena y del municipio de Copiapó, encargadas de cocinar unas 250 raciones de almuerzo diario para familiares y periodistas, además de limpiar el comedor general, los baños químicos y los platos, a la vez que no falten bebidas frías ni calientes durante todo el día.

A lo alto, un enorme cartel reza "Vamos Carajo. Un montón de piedra y tierra no pueden con este puñado de atacameños". Y así parece.