Más de un millón de franceses se manifestaron ayer para pedir al presidente, Nicolas Sarkozy, que rectifique su proyecto de retrasar la edad de jubilación, el mismo día en que los diputados comenzaron el debate de la reforma que sitúa en 62 años la edad mínima para el final de la vida laboral.

El Gobierno, que estimó en 1.120.000 los manifestantes en todo el país, y los sindicatos, que los cifraron entre 2,5 millones y más de tres millones, coincidieron en que la de ayer fue una jornada de apoyo más numeroso a la oposición a la reforma de las pensiones que la del 24 de junio pasado.

Los sindicatos aseguraron haber logrado la mayor movilización de los últimos años, en una jornada en la que afirmaron haber sacado a la calle a 2,75 millones de personas, según la CGT (Confédération Générale du Travail), cifra que el sindicato SUD llevó a más de 3 millones.

Era su objetivo, conseguir una buena respuesta, la única forma para intentar de hacer recular al Gobierno, como ya sucedió con las históricas manifestaciones de diciembre de 1995 y en mayo de 2003, cuando lograron paralizar reformas que iban en el mismo sentido.

El Ejecutivo se mostró primero más prudente y difundió unos datos policiales en los que se contabilizaron algo más de medio millón de manifestantes, lejos de los 800.000 de hace tres meses, pero posteriormente elevó la participación por encima del millón de personas.

La quinta jornada de protesta contra la reforma de las pensiones tuvo un sabor particular porque coincidió con el inicio de la andadura parlamentaria del proyecto gubernamental. Mientras el ministro de Trabajo, Eric Woerth, defendía las ventajas de ampliar la carrera activa de los franceses, miles de ellos coreaban en la calle lemas en defensa de la jubilación a los 60 años, el auténtico caballo de batalla de la reforma.

En unas 200 ciudades francesas desfilaron manifestantes en contra de los planes gubernamentales, que tienen muchas posibilidades de salir adelante puesto que el Ejecutivo cuenta con un importante respaldo parlamentario.

París fue una vez más el epicentro de la protesta, por reunir más manifestantes que ninguna otra ciudad -80.000, según la policía, 270.000, según los sindicatos-, pero también por haber dado cita a los líderes de los principales sindicatos y a responsables políticos de la izquierda.

Pero ajeno al ruido de la calle, el ministro de Trabajo continuaba en la Asamblea defendiendo su proyecto "normal", "natural" y "lógico", la única forma de asegurar, dijo, el futuro de las pensiones. Antes de comenzar la sesión había recibido el apoyo expreso de Sarkozy, que recibió a los diputados de su partido para pedirles firmeza con la reforma pero flexibilidad a la hora de introducir enmiendas encaminadas a suavizarla en lo que se refiere a los trabajadores de oficios más duros.

Esa parece la única concesión que está dispuesto a hacer el Ejecutivo para calmar a la calle, aunque los sindicatos afirmaron no conformarse con eso y algunos comenzaron a pedir una nueva jornada de protesta.

Su movilización no se limitó a sacar a las calles a miles de personas. Muchos otros no acudieron a sus puestos de trabajo, provocando importantes perturbaciones en diversos sectores.