El camino hacia la santidad tiene tres peldaños: venerable siervo de Dios, beato y santo, y para ser proclamado esto último es necesario que la Iglesia reconozca oficialmente dos milagros, de épocas diferentes, por intercesión de esa persona.

A Juan Pablo II le falta un milagro para convertirse en santo.

Para ser proclamado santo, la Iglesia dispone de tres etapas: la confirmación de las llamadas "virtudes heroicas", la beatificación y finalmente la canonización.

Tanto para la beatificación como para la canonización se necesita un milagro comprobado. En el caso de Juan Pablo II, fue la inexplicable curación del mal de Parkinson de una monja francesa.

Se trata de sor Marie Simon-Pierre, una religiosa francesa de 44 años que padecía una forma muy agresiva de mal de Parkinson, la misma enfermedad que sufrió Karol Wojtyla.

La enfermedad de la monja desapareció inexplicablemente en junio de 2005, después de que las hermanas con las que convivía le rezaron a Juan Pablo II, recién fallecido, para que la ayudara a curarse.

La normativa vaticana exige que sólo se puede abrir el proceso a partir del quinto año de la muerte de esa persona, aunque el pontífice tiene la prerrogativa de saltarse esa norma, como hizo Juan Pablo II con la beata Madre Teresa de Calcuta y el papa Benedicto XVI con su antecesor.

El proceso se abre en la diócesis donde vivió o murió esa persona y, una vez concluida la fase diocesana, en la que se recoge información y declaraciones sobre la vida del que se pretende canonizar y se certifica que todo ha sido regular, la causa pasa al Vaticano, donde se le declara "venerable siervo de Dios".

En la fase vaticana, la información sobre la vida y obra de esa persona es examinada por un grupo de expertos -teólogos, historiadores y médicos, entre otros- que deben aprobarla antes de que la Congregación para la Causa de los Santos dé el visto bueno.

Venerable siervo de Dios es el título que se da a una persona muerta que ha vivido las virtudes "de manera heroica", como hizo Benedicto XVI con Juan Pablo II y Pío XII.

Para que un venerable sea beatificado es necesario que se haya producido un milagro debido a su intercesión y para que sea canonizado (santo) es preciso un segundo milagro ocurrido después de ser proclamado beato.

En caso de martirio, de aquellos que murieron por no renunciar a la fe católica, no es necesario milagro para ser beatificados, pero sí es obligatorio para la canonización.

Para la Iglesia católica es mártir quien da la vida por Cristo y quien es testimonio de fe.

La proclamación de un santo es diferente a la de un beato y uno de los actos más importantes del Papa, ya que en él se acepta la infalibilidad del pontífice, pues la persona que presenta como santo es un cúmulo de virtudes, ejemplo a seguir para todos.