Son los mismos que creían en el cambio los que ahora le dan la espalda al presidente Barack Obama para las elecciones de mañana martes en EEUU, donde los republicanos con el apoyo del Tea Party pretenden quedarse con el control del Congreso.

Los mismos votantes -mujeres, independientes, católicos y familias de clase media baja- se sienten ahora desilusionados con Obama y hasta se animan a criticar su aparente falta de experiencia para resolver los grandes problemas del país, luego del derrumbe financiero de septiembre de 2008.

De todos modos, un mal resultado en las elecciones de segundo término no invalidaría a Obama para ganar los comicios de 2012, tal como le ocurrió a los ex presidentes Ronald Regan o Bill Clinton, de acuerdo a un informe de la consultora Pew Research Center, publicado por la prensa estadounidense.

El informe -que señala que los votantes apoyan un 47% a Obama contra el 36% que tenía Reagan en la reelección- dice que los tres presidentes tienen en común que tuvieron una pésima gestión económica durante sus dos primeros años de gobierno.

Obama, que debió aumentar el gasto público para estabilizar una económica deteriorada por los republicanos, debe hacer frente una tasa de desempleo del 9,6% prevista para 2012, entre otros graves problemas.

Si pierde los comicios -como prevén las encuestas- el presidente quedará debilitado para llevar a la práctica una serie de proyectos que notoriamente lo diferenciaban de su antecesor, el republicano George W. Bush, como el cierre de la cárcel de prisioneros sospechados de terrorismo en Guantánamo, Cuba.

Y algunos analistas advierten que si la congresista de origen cubano Ileana Roslehtinen se convierte en la presidenta de la Cámara de Representantes, pondrá fin a cualquier acercamiento con respecto a Cuba.

Si los demócratas pierden la elección, que se disputará especialmente en 12 estados claves: California, Nevada, Colorado, Illinois, Pensilvania, Virginia Occidental, Washington, Kentucky, Florida, Alaska, Wisconsin y Nueva York, tendrán dificultades para que el Senado ratifique el acuerdo de desarme nuclear con Rusia.

También habrá problemas en las relaciones con China por los derechos humanos y con el separatismo de Taiwán.

Todo este panorama -y mucho más- espera a Obama, tras dos años de gobierno durante los que enfrentó enormes desafíos de liderazgo como el derrame de petróleo provocado en el Golfo de México por la empresa British Petroleum y la aprobación parlamentaria por la reforma del sistema de salud.

"Obama luchará para después de las elecciones, mientras que (la líder del Tea Party, Sarah) Palin, quien absorbió la ola de descontento con Washington y los gastos de gobierno, emergerá más poderosa de lo que ella empezó este año", señalan John Heilemann y Mark Halperin en una nota de la revista Time.

Los analistas advierten, sin embargo, que tanto Palin como Obama "están seguros de jugar un enorme papel en la política de EEUU en 2011 y 2012, pero ninguno puede saber si la Casa Blanca será su casa después de la próxima elección presidencial, o si el deseo por algo nuevo pondrá a ellos en el hielo".

También señalan que con excepción de Obama, nadie ha experimentado una gran transformación en los pasados dos años que Palin, quien renunció a la gobernación de Alaska en julio de 2009, pero opinan que el presidente norteamericano necesita persuadir al país que está en el camino para cumplir sus promesas de 2008.

Palin, por su parte, se declaró dispuesta a ser candidata por el Partido Republicano en las elecciones presidenciales del 2012, en caso de que no haya nadie que "pueda cumplir esa labor".

Florida es uno de los estados claves para el Tea Party, ya que allí puede ganar Marco Rubio, de 39 años, considerado un símbolo de esta agrupación ultraconservadora que irrumpió en 2009, cuyos tres postulados esenciales son responsabilidad fiscal, límites al gobierno federal y libre mercado.

Rubio dice, entre otras cosas, que el dinero que gasta el Congreso y el gobierno en la deuda pública se debería invertir en armamento y en la seguridad de la nación.

A pesar de que las encuestas le vaticinan una derrota en los comicios, en los que se renovarán las 435 bancas de la Cámara de Representantes (actual: 255 demócratas y 178 republicanos) y 37 bancas del Senado(59-41), es temprano para decir que el Presidente demócrata está terminado.