Hoy por hoy, el presidente de Brasil, Michel Temer, debe conducir un país con cuentas que no dejan lugar para el optimismo y que, según el nuevo Gobierno, justifican la necesidad de avanzar en recortes y en privatizaciones de forma urgente.

Brasil, la mayor economía de América latina, se contrajo por sexto trimestre seguido entre abril y junio, según datos oficiales publicados ayer, prolongando así su recesión en lo que va camino de convertirse en la desaceleración más severa en la historia del país.

Con una caída del 0,6 por ciento en el segundo trimestre de este año, se trata del sexto trimestre consecutivo en que la mayor economía latinoamericana cierra en rojo, en medio de una profunda crisis que pasa por el desplome de los precios de las materias primas y una intensa lucha política. Uno de los pocos datos positivos difundidos ayer por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) es que la inversión creció por primera vez desde 2013.

Los retrocesos afectaron a todos los sectores, pero muy especialmente al consumo de las familias, que se contrajo un 5 por ciento, arrastrado por la inflación, el crédito y, sobre todo, el aumento del desempleo: Brasil ha perdido 1,7 millones de puestos de trabajo en el último año.

En un intento de calmar a los mercados, Temer trabaja para sacar adelante su propuesta de limitar el incremento público a la inflación y su reforma del sistema de jubilaciones (quiere fijar una edad mínima, hoy inexistente, y aumentar la cantidad de años de aportes), además de una flexibilización laboral.

Uno de sus objetivos es plantear sus planes para sacar a Brasil de ese abismo económico, que incluyen desde un duro recorte del gasto público hasta un ambicioso plan de privatizaciones aún no detallado oficialmente, pero que se abrirá a la inversión externa.

Por si no fuera suficiente, buena parte de los estados están en una situación que roza la bancarrota, como le ocurre a Río de Janeiro, que tuvo que declarar ‘calamidad pública‘ el pasado junio para conseguir los fondos federales necesarios para avanzar en la preparación de los Juegos Olímpicos que se celebraron en agosto pasado.

El cuadro económico ha llevado a varias agencias de calificación a reducir la nota de riesgo de Brasil e incluirlo entre los países que no ofrecen garantía para los inversores.

Fuente: Efe