Buenos Aires.- Sacar-fabricar-tirar. El motor que hace funcionar la economía moderna se alimenta de la naturaleza como si los recursos fueran infinitos. La cadena que recorren todas las cosas que usamos – que empieza por la extracción y producción y termina con su consumo y descarte – parece ignorar que las cantidades de suelo, agua, aire y minerales de nuestro planeta tienen un límite. Y que ese límite, ante una población mundial que crece a pasos agigantados, está cada vez más cerca.
El crecimiento económico, que debiera servir como vehículo para alcanzar el bienestar de las personas, hace rato que dejó de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo.
La pregunta que hay que hacerse es: ¿se puede crecer ilimitadamente dentro de un sistema de recursos limitados? Aunque sea retórica, vale la pena responderla: no, no se puede. Tarde o temprano, una se choca contra la pared.
Las costumbres que nos inculcan desde siempre, las ideas que nuestra sociedad lleva como bandera sin cuestionarse, las consignas repetidas como verdades absolutas, conforman el paradigma sobre el que avanza el mundo. Estas percepciones de la realidad pueden instalarse durante cientos, incluso miles de años. Ya lo dijo Einstein: es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto.
Los intentos por reconciliar la economía con la ecología llevan varias décadas. No es una tarea fácil, pero tampoco imposible. Sin prisa pero sin pausa, y aunque solo sea porque ya no queda alternativa, viene asomando una visión más consciente del mundo. El desafío es diseñar una economía que no solo tenga en cuenta la productividad y el fin de lucro, sino también los recursos naturales, que son esenciales para la vida.
Así como sucede en la vida personal, las crisis a nivel global también son una gran oportunidad de cambio. Y la crisis climática, el agotamiento del petróleo y la escasez de agua, entre otros retos que hoy enfrenta el mundo, obligan a pensar otras formas de habitarlo.
Pensar un modelo que le dé tanta importancia al capital social y biológico como al capital monetario es necesario y urgente. De eso, precisamente, se ocupa la bioeconomía, que se propone avanzar hacia un sistema que no deseche recursos ni personas y que respete los límites de la naturaleza. Su idea central es acercar la economía a la biología, y así garantizar una oferta sustentable de recursos biológicos renovables, no solo para asegurar alimentos saludables, sino también para producir bioproductos, como los bioplásticos y biocombustibles. En otras palabras, se trata de producir de forma más eficiente, con menores desperdicios y mayor reciclaje, todo ello con ayuda de la biotecnología.
En 2030, el mundo necesitará 50% más de alimentos, 45% más de energía y 30% más de agua. Para abastecer esta demanda, habrá que reducir la dependencia de las fuentes de energía fósiles como el petróleo, mientras se previene la contaminación y la pérdida de la biodiversidad. Hoy, son muchos los países que se ocupan del tema. En Europa, la visión está más orientada a una producción sustentable de biomasa, que consiste en aprovechar materia orgánica de origen vegetal o animal, incluidos los residuos orgánicos, y transformarla en una variedad de comida, salud, productos industriales y energía. En cambio, Estados Unidos y el resto del mundo definen la bioeconomía como la aplicación de la biotecnología a la producción.
