LOS DECIRES DE MI MADRE
Como todos los jueves, nos habíamos juntado con Paulina a tomar el té.
La escritora mendocina comparte con los lectores una de sus obras, donde una mujer reflexiona sobre los prejuicios y mandatos maternos.
Como todos los jueves, nos habíamos juntado con Paulina a tomar el té.
Aquel día, una interminable garúa daba para confesiones. Yo observaba los vidrios empañados mientras degustaba un pastelito dulce y en ese instante recordé a mi madre y los mandatos que nos imponía a mi hermano y a mí.
Unos días antes de comenzar mí primer grado, mamá estaba en la cocina con esa postura rígida y los ruleros en la cabeza que no se sacaba nunca. Yo siempre me preguntaba si no le dolería el cráneo con el cabello tan estirado, pero jamás me atreví a interrogarla.
Muy directa me decía que el primer grado era una nueva etapa, diferente al jardín de infantes. Allí, según ella, los niños eran más grandes y podían ser crueles. “Te voy a hablar para prepararte ante lo que te espera en esa escuela y así no llegarás a mediodía llorando con quejas. Te dirán palabras que te van a doler. Sí, te van a doler. Los niños se burlan de los de baja estatura. Estarás primera en la fila y en el primer banco. Quizás te digan marrón”, agregó “Por ahí, con suerte, encontrarás algún compañero con tu misma piel. Si te molestan por la gordura y las caderas anchas no les des importancia. Es mejor que ser un hueso. Tal vez se fijarán en tu vestimenta remendada o las zapatillas distintas a las de ellos. Vos defendete con palabras, con cuidado, porque si son muy fuertes podrías terminar mal. Amigas, acaso encontrarás una buena, pero no creo. Vos sabés, hay que resignarse. No todos somos iguales. Pero los chicos no lo comprenden”. Ella decía que me protegía porque ya le había pasado con mi hermano y no deseaba que se repitiera la historia.
Paulina, no vas a creer, le dije yo a mi amiga cuando llegué de la escuela saltando y contenta mi madre se asombró. No había sucedido nada de lo que ella había afirmado. Yo era la tercera en la fila y los chicos no eran malos. Yo No comprendía a mi mamá, siempre con las creencias de que, como éramos pobres, moriríamos así y tantas otras opiniones erradas. Constantemente nos decía a los hermanos que nuestro padre nos había abandonado y que era un hombre malo. Por eso nos había malparido. Siempre nos decía cosas feas.
Diariamente nos aconsejaba cuidarnos para no pasar lo que a ella le había sucedido: sufrimientos y discriminaciones y lo peor, hambre. Ella, aseguraba, que vivía para que no pasáramos lo mismo y agregaba que Dios no existía, porque si así fuera, no deberíamos haber vivido con eso.
La primaria fue hermosa. No repetí y tuve muchos amigos.
Cuando comenzamos la secundaria fueron otras las palabras: que todo sería peor, que nos ofrecerían cigarros y birras como les decían los pibes, y hasta droga. Que los adolescentes vendrían por mí a parlotearme la oreja, que estuviera atenta, que recordara que eran malos y que ella lo sabía muy bien por la experiencia vivida. Y si por esas desgracias llegara a enamorarme, tuviera muy presente que al altar se llega virgen. Que por ninguna razón permitiera faltas de respeto. “Ya palpaste muy bien cómo los tuve que criar por culpa del maldito que me abandonó. Quiero que traigan soluciones, no problemas, ya ustedes son el problema para mí porque vivo para los dos. Yo no tuve ni tengo vida, repetía con ira. Gracias que tu hermano se fue al sur a trabajar y se alejó de las malas compañías acá. Para vos también quiero un buen futuro. Si tenés la gran suerte de conseguir un buen hombre, deberás respetarlo para que no te abandone”.
Esas eran las palabras de mi madre. Ella hablaba por lo que le había tocado al azar.
En la secundaria tuve muchas amistades y allí conocí a Manuel, un muchacho maravilloso, con valores. Era muy bueno y me amaba, así como soy, con mi baja estatura. Le encantaba mi color de piel y se enamoró de mí con mis caderas anchas y de todos mis defectos.
Él me enseñó lo que es la libertad y que primero debo amarme yo, por sobre todas las cosas.
Y ya ves Paulina: los dos somos profesionales con mucho esfuerzo, sin ataduras y soy feliz por haberme librado de mi madre con esas creencias tan absurdas.
Yo perdoné y estoy en paz.
La llovizna ha cesado. Paulina, ¿Nos tomamos otro té?
Beatriz Cano nació el 5 de Mayo de 1963 en Mendoza. Narradora que recorre las escuelas de la provincia rescatando la oralidad. Participó de las antologías "Basta: Cien mujeres contra la violencia de género" y "Recorridos", ésta última de la editorial Dunken.
Buscando perfeccionar su oficio, asiste al Taller de la Palabra coordinado por la escritora Mercedes Fernández. Para Beatriz, el hogar es su centro y la palabra su puente con la comunidad.
Esta convocatoria de DIARIO DE CUYO y diario LOS ANDES está destinada a artistas sanjuaninos y mendocinos: autores de poemas, crónicas, cuentos, ensayos, historietas y cómics; y también ilustradores, pintores y fotógrafos (artísticos), quienes deberán enviar sus obras para que sean publicadas en sus ediciones web y papel; y en sus redes sociales.
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