(Concierto para violín y orq. Tchaikosvsky, solista Pablo Saraví. 4ta Sinf. G. Mahler, solista Susana Téllez. Dir. E. Siffert. Orquesta Sinfónica de la UNSJ)

Gustav Mahler (1860-1911) significaba algo muy nuevo aunque a la vez fuera un canto de cisne de una época que desaparecía con la Primera Guerra Mundial. Se sentía triplemente sin casa; un bohemio, un austríaco entre alemanes y un judío en cualquier parte. De familia humilde pasó privaciones pero pudo estudiar y llegar al Conservatorio de Viena. A los 20 años fue contratado como director y sabía que debía ganarse la vida así. Pero era realmente muy talentoso y fue subiendo a posiciones más importantes. Es un hombre de sinfonías y canciones. En cambio por todas partes irrumpe un deseo de canciones espirituales, celestiales y con espíritu de infancia. Por ejemplo el 6¦ Número de su ciclo Der Knaben Wunderhorn (El cuerno mágico de los niños) que es una colección de cuentos folklóricos. La última canción de ese ciclo se titula: Das himmlische Leben (La vida celestial). La terminó en 1892. Cuando entre 1899 y 1901 escribe su 4¦ Sinfonía agrega este trozo como 4¦ Movimiento. Después de las enormes Sinfonías 2¦ y 3¦ aparece esta 4¦, sensiblemente más corta y más infantil. Comienza con unas campanitas con un ritmo bien ingenuo. Michael Steinberg, en su libro Symphony, menciona que el pueblo natal de Mahler estaba cerca de una guarnición militar y que los toques de trombón o trompetas, como el infaltable corno Mahleriano, aparecen como fantasmas en todas sus obras. Aquí también, y luego los clarinetes como niños desentonados. Por eso el público inicial reaccionó como diciendo: ¿Pero qué le pasa a Mahler? El segundo movimiento recrea un cuadrito del pinto suizo Arnold Bocklin. Aquí aparece la muerte como un esqueleto tocando el violín afinado medio tono más arriba. El tercer Movimiento es sereno y Mahler lo consideraba su mejor movimiento lento. Inician las cuerdas y luego el arpa nos va preparando para el Cielo; pero todavía no. Sube el volumen, el violín nos trae a la memoria la muerte recién escuchada. Los vientos introducen la voz angélica de la soprano Susana Téllez. Es un Cielo propio de los cuentos infantiles: los placeres son comestibles, los personajes están saltando y bailando; San Juan suelta a su corderito y el carnicero Herodes se prepara para comerlo, los ángeles amasan pan y cultivan espárragos, manzanas, peras y buenas uvas y los jardineros permiten todo. ¡Cómo puede el arte sublimar y sanar una infancia dolorosa en algo celeste! No sólo están los trombones de los cuarteles. ¡Están los ángeles!

Si la 4¦ Sinfonía no gozó de inmediato apoyo, algo semejante pasó con el Concierto para violín de P. Tchaikowsky (1840-1893). Todos lo querían y hasta el Zar Alejandro III le encargó una obra. Cuando en 1878 quiso escribir un concierto para violín pidió consejo específico a un violinista (Josef Kotek) y luego quiso dedicarlo al mejor intérprete de Rusia (Leopold Auer). Ambos le dijeron que era inejecutable. Lo estrenó en 1881 y lo dedicó a su intérprete Adolf Brodsky. Inicia el Allegro Moderato con suaves cuerdas que aumentan el ritmo para que entre el solista con una corta cadencia inicial y la melodía cautivante. Al llegar a la cadencia y al final las dificultades técnicas nos hacen comprender que Auer y Kotek se asustasen. ¡Menos mal que nuestro maravilloso intérprete Pablo Saraví siguió el ejemplo de Brodsky! Si llamamos brisa a un viento suave, la Canzonetta se inicia con una brisa de clarinetes, fagot y luego cornos para preparar al solista a sus canciones de sabor bien eslavo. Un mínimo diálogo entre flauta y clarinete para que retome el violín. Es el Tchaikowsky más romántico. Realmente preciosa y delicada la versión de Saraví. Sus compañeros de la orquesta también aplaudían entusiasmados y él nos ofreció dos movimientos de una de las sonatas para violín solo de Giuseppe Tartini (1692-1770).

Y al final de todo este magnífico concierto el Maestro Emmanuel Siffert hizo un bis del celestial cuarto movimiento de Mahler. No es novedad que no se puede comparar la mejor grabación de una orquesta de primer orden con la escucha en vivo de una obra. Cada instrumento aislado, o por secciones sonó magistral, se notaba que hubo mucho ensayo. Si Tartini fue un maestro violinista, Pablo Saraví se ve que lo ha estudiado bien y si Mahler era tan buen director ha encontrado en el Maestro Siffert un alma paralela. Una velada realmente mágica y con la sala casi llena del todo.