"No todo lo que brilla es oro" dice el dicho popular y viene más que bien para contextualizar a la 82da. edición de los Oscar que se transmitirá esta noche por TV -ver recuadro-. Es que además de descifrar el enigma nacional que impera en la fecha (sabremos si gana o pierde El Secreto de sus ojos como Mejor Película Extranjera), existe un territorio de desconocidos, que merodea a la alfombra roja, trabaja como canes (algunos sacan su rédito) y comparten un mismo fin: aportar el acabado glam. Ese microplaneta aledaño, está habitado por gente que se desloma para que todo salga OK (chefs, porteros, choferes, etc.), por colonias cholulas que protagonizan odiseas para estar a un metro de sus ídolos (y pagan lo que sea), por comerciantes que "se hacen la América en estos días" y hasta por individuos que regatean precios para alquilar un esmoquin -y simular estar a tono con las etiquetas que usará Brad Pitt o el canoso Clooney-. La mayoría son N.N, no gozan del beneficio VIP de las celebrities y reside en Los Ángeles (y no en mansiones). O sea, son los que trabajan a contrarreloj para que las estrellas se sientan como tales (y ellos, sentirse a la altura de las circunstancias). Por ejemplo, los cocineros. Se encargan del menú que degustarán los comensales de lujo y previamente, hacen lo imposible para saber qué le gusta a cada estrella. En ese baile, se desviven para conseguir aquel ingrediente exótico que falta o respetar al pie de la letra el plato preferido de una Sandra Bullock (gran candidata como mejor actriz) o de una Julia Roberts (la misma que acompaña su conducta proecológica con caprichitos de starsystem). Son divas, hay que complacerlas y no interesa el cansancio. "Están para eso", dirá algún maléfico asistente (de eso que usurpan notoriedad). Después están los hoteleros. En realidad, en este sector abunda la viveza más que el sacrificio. Es que fieles a su fibra comercial, suben sus tarifas en más de un 50 por ciento (sin dudarlo), porque saben que hospedar a los famosos jerarquiza aún más el 5 estrellas y atrae a desesperados turistas dispuestos a ver si Penélope Cruz es tan linda como se ve en pantalla o arrebatar una foto con Quentin Tarantino (multinominado por Bastardos sin gloria). Mucho de todo en el espectro preludiar. Pero no hay gala sin limo (limosinas, por si las moscas) y no hay limo sin chofer. Por esa razón, los conductores se ven obligados a trabajar horas extras, para poder trasladar a los popes en todo momento y cumplir con la demanda de pedidos (que crece en cada edición). Es más, los organizadores alquilan flotas enteras y muchos ilustres hasta prolongan el servicio post ceremonia (y el malhumor de los otros), porque quedaron chochos con las atenciones personales de la empresa (incluye la champaña más cara y los chiches más insólitos).


Sobreexigencia dorada

"Son dos días frenéticos, la gente está sobreexcitada. Corre de un lado a otro y se desvive para que lo que se vea salga perfecto", dijo Mike Topalian, que viste para la ocasión a decenas de invitados. Mike acierta. Esa premisa homogénea (y casi inhumana) tiene decenas de millones de razones. Sí, son los espectadores globales que están en sus casas mirando con atención la gran fiesta del cine (y criticando a mansalva todo lo que puedan). Es que Mr. Oscar, engendra tanta euforia, que muchos gatillan hasta 20 mil dólares para ocupar un lugar privilegiado en la red carpet (más próximo a la star, más cash). No es en vano. Esa alfombra pasional (la antesala más colorida de la premiación), reúne a un ejército actoral en apenas unos metros cuadrados y resulta muy tentador para los fanáticos y curiosos. Pero no todo es tan sencillo. El acceso peatonal a la zona esta cerrado y derriba expectativas. Simri Soto, un portero mexicano que trabaja justo en el edificio que está en frente del teatro Kodak (base de gestación y donde hay un buen acceso visual a la alfombra roja), contó que "la gente siempre ofrece dinero porque quiere la mejor vista o el asiento más cercano para ver y grabar todo. Pero no lo aceptamos, por mucho que rueguen". "No dejamos pasar ni a la policía con sus rifles", añadió el incorruptible (y mezquino) tequilero de la maestranza. Soto también explicó que su jefe recibió ofertas de hasta 20 mil dólares por permitir la entrada a la terraza del edificio. "Mi jefe ha tenido la posibilidad de aceptarlo por debajo de la mesa, pero no lo hizo", declaró orgulloso. Otro de los que integran el background de la velada incandescente, es su compatriota David Torres. LLeva 20 años ayudando a montar el inmenso y protocolar escenario del codiciado lauro y aseguró que "para mí es trabajo, no tiene ninguna emoción. Cuando termine todo esto seguiré ayudando a organizar otros festejos, nada más", apuntó su hartazgo. Los periodistas también se agotan. Hay más de 250 medios acreditados para el evento y la organización repartió cerca de 2 mil pases. Todos ellos, al menos los muchachos, tendrán algo en común además del vaivén laboral: el esmoquin (prenda ineludible para asistir a la ceremonia). Hay de todos los precios y colores. Los más afortunados, obvio, son los propios actores y determinados presentadores de televisión, que lucen los trajes prestados por las marcas premium (gracias al inefable canje). Otros, en cambio, deben contentarse con alquilarlo de la forma más barata posible (cuestan entre 60 y 75 dólares por traje). Pero los más beneficiados aquí, son los propietarios de las tiendas entendidas. El armenio Topalian, regentea un local de estas prendas (a escasos metros del teatro Kodak), y asegura que éste es "el mejor momento del año" para su negocio.

"Es temporada de premios y duplicamos la ganancias, porque los Oscar disparan el trabajo y nos viene muy bien en épocas de crisis", comentó feliz. Quedó claro. Esta noche la estatuilla seducirá al mundo con purpurina, distinguirá lo eximio, promoverá bonanzas y tal vez, dará una alegría con la estoica "El Secreto de sus ojos". Eso sí. Su lustre necesita de sacrificio anónimo y eso no se muestra por TV.