Hoy es el último día de la XIX Feria Internacional de Artesanías y miles de sanjuaninos y turistas recorrieron los stands durante 10 días disfrutando de una gran variedad de ofertas. Sin embargo, muy poco se sabe de los que se encuentran detrás del mostrador cargado de piezas preciosas. Estos hacedores recorren cientos de kilómetros para llegar hasta San Juan cada año, trasladando su mercadería, ropa, comida y en la mayoría de los casos, la familia completa desde ciudades muy distantes. Puntualmente, para la feria local, muchos arribaron desde Córdoba, Rosario, La Rioja o Buenos Aires, entre otras ciudades, e inclusive de Uruguay. Y varios de ellos, como ya es habitual, eligieron el Camping de San Juan Bosco para armar su campamento. En cada sector se ubican grupos reunidos por afinidad personal. Por un lado está la carpa de José Liendro, quien realiza artesanías con monedas antiguas y alpaca, y que viene todos los años junto otros colegas. Cerca se instaló Sonia Oviedo junto a su hijo Diego y su esposo Rubén Herrero. También están el uruguayo Guilmar Solé junto a su esposa; y muy pegadito, Pablo Manganelli, experto en telares acompañado por Alejandro Raboy, artesano de mandalas hindúes.

‘Nos tomamos unas pequeñas vacaciones para venir aquí, para nosotros es un recreo’, cuenta Liendro, oriundo de Carlos Paz. Todos comparten la carpa para dormir y cada uno colabora como si fuera una casa de familia. Mientras José prepara la ensalada, Leonardo prende fuego para las papas y el zapallo en un parrillero. ‘Siempre nos arreglamos, una vez que armamos el stand en la feria, la movida grande son los primeros días, luego nos acomodamos en el camping. Aparte de la mercadería, traemos los tablones para los puestos, la ropa, la comida, las herramientas y sobre todo mucha plata para gastar’, explica con una sonrisa Leonardo Fasolo, dedicado a la vitrofusión. El menú para almorzar o cenar es variado. Para los acampantes, un día hay bifes a la criolla, fideos, costeletas, milanesas, arroz con pollo, matambre a la pizza, charquicán y el infaltable asadito surtido de cortes. Por supuesto que un buen vino sanjuanino no falta. Francisco Salas viene de Chile, pero se radicó hace 17 años en Carlos Paz. Hijo de un luthier, decidió hacer su camino manipulando metales. ‘Aquí existe toda una ceremonia para cocinar, mantener la limpieza y el orden de las cosas. Estamos con todo para estar lo más cómodos posible’, dijo Salas.

La mayoría de los artesanos están al día con la tecnología: celulares, computadoras portátiles y demás chiches hi-tech vienen con ellos. "Andamos con el Wi Fi a todas partes. Si no te amoldás al sistema te quedás muy atrás. Perdés tiempo y dinero", dijo contundente Francisco.