El 5 de febrero de 1960, las salas de cine italianas fueron testigo de ese sueño felliniano que marcó un antes y un después en la historia del cine y que se convirtió en símbolo de un estilo de vida, de una "Dolce Vita" romana marcada por las exhibiciones mundanas, la decadencia y los excesos.

Elogiada, admirada, insultada y atacada en su momento, por la supuesta "inmoralidad" del planteo y por su clima corrupto, estas reacciones no fueron más que confirmar el inicio de un mito. Incluso, el Centro Católico Cinematográfico etiquetó al film como "escluso per tutti" -excluido para todos, en castellano- y algunos críticos que opinaron a favor de la cinta terminaron despedidos de los rotativos.

La huella imborrable que dejó el director de Ocho y Medio -película que inspiró el musical Nine estrenado en Broadway en 1982, que

Rob Marshall llevó a la pantalla grande con una cinta que ya se estrenó en Buenos Aires- o Amarcord, trazó un fresco lleno de símbolos, un mosaico de estereotipos y un universo onírico en el que muchos buscan perderse al recorrer las calles de Roma.

La diva interpretada por Anita Ekberg, que repite hasta la saciedad su llegada al aeropuerto para posar ante los fotógrafos, el intelectual atormentado o el cazador de imágenes comprometidas, desde entonces bautizado "paparazzo", desfilan por esa fantasía hecha realidad, fragmentada en escenas aparentemente inconexas y paradigma de una agridulce "noche romana".

Poco queda ya de aquellas reuniones de los paparazzi en la Via Veneto de Roma, pero la magia con que el maestro de los sueños dotó a "La Dolce Vita", con sus más sorprendentes contradicciones, conserva algunos rincones, como el famoso Café de París, que Fellini retrató y convirtió en uno de los centros del glamour de la cinematografía europea. Ese histórico local, ícono de un mundo tan extravagante como vacío, corrupto y abocado al naufragio, pertenece hoy a la mafia de Calabria, la Ndrangheta, que lo adquirió hace un año por seis millones de euros.

Sin embargo, la locura creativa del realizador quedó inmortalizada con la mítica escena en la Fontana di Trevi, cuyas aguas tienen aún la marca de Anita Ekberg.

Ella convirtió en sueño de muchas mujeres, un baño en esa fuente siempre abarrotada de turistas. Fantasía irrealizable también para la propia actriz, puesto que la escena se rodó en una copia recreada en el Estudio 5 de Cinecitta, donde se instaló la capilla ardiente del maestro en 1993. Los estudios de cine romanos son hoy una fábrica de sueños que conserva el sello de los grandes del neorrealismo y de Martin Scorsesse o Francis Ford Coppola. Y, de algún modo, Roma sigue siendo aquella ciudad imaginada por Fellini.