El compositor argentino Ariel Ramírez, uno de los principales exponentes del folclore, murió anoche, a los 88 años, por un cuadro de neumonía agravado por un problema renal. Según las primeras versiones, Ramírez será velado en el Congreso Nacional.
El creador de la ‘‘Misa Criolla’’ estaba internado desde hace 11 días en una clínica privada de la localidad bonaerense de Monte Grande.
Olfateando las huellas de Ramírez en San Juan, existen registros profundos de sus pisadas. Esas pisadas que dejaron surcos en la privilegiada memoria de algunas conocidas personalidades locales como Juan González, hijo del hombre en cuya humilde sodería de Trinidad, don Ariel interpretó las primeras notas de Volveré siempre a San Juan y quien lo homenajeó en su última visita a la provincia.
Fue en 2002. Luego de la función que ofreció en el Teatro Sarmiento invitado por Mozarteum Argentino filial San Juan. En la actual casa que González habita junto a su esposa Marta, donde el pianista recaló junto a su fiel compañera Inés Cuello y un elenco de artistas foráneos. “Queríamos homenajearlo y se nos ocurrió hacer una juntada con empanadas con huevo y aceitunas, como las que hacía mi madre (NdR: doña Francisca) y él había elogiado cuando vino a casa de mis padres. Invitamos a mucha gente, muchos de ellos artistas que se ofrecieron a interpretar sus propias versiones de Volveré…, como la Calandra Viviana Castro, el joven guitarrista Atilio Abarca y el pianista Lucio Flores”. Así, Juan comienza a despuntar el ovillo de recuerdos que guarda en su memoria sobre aquella tertulia en la que también Ramírez quiso arrimarse al piano del hogar.
“Fue una juntada inolvidable, sacamos el piano al patio y Ariel se mostró muy contento”, agrega su mujer.
“Nosotros habíamos quedado en que no le íbamos a pedir que tocara, para no forzarlo, pero después de escuchar a los otros cantantes, él dijo que iba a tocar una composición que nunca había grabado y se trató de la zamba para su madre, la primera cosa que escribió cuando todavía era un niño; después a pedido de los que estábamos tocó la Tristecita. Pero no se quedaron hasta la madrugada porque tenía que presentarse en Salta e Inés le dijo que ya era hora de descansar un rato antes del viaje”, continúa relatando Juan, quien todavía rememora haber sido testigo, aunque muy niño, de aquella reunión protagonizada por Buenaventura Luna y Ariel.
“Fue en una de las pocas oportunidades que don Buena vino de visita y Ramírez quiso conocerlo; don Buena habrá tenía unos 50 años y era un consagrado, y Ariel tendría unos 30 y estaba en camino”.
“Me acuerdo haber visto a Ramírez con una gran jarra de sangría con azúcar arriba de un viejo piano, acompañado de don Buena sentado arriba de un tonel de vino. Así empezó a ejecutar algo que, al principio Luna le puso la Vínica y después terminaría llamándose Volveré siempre a San Juan.
Y, al final, la juntada terminó con todos muuuy pero muuuy alegres llevando a Ramírez a tomar el tren con destino a Buenos Aires”, dice entre risas, recordando una escena típica del San Juan de antaño, de la que no hay imágenes ni grabaciones, sólo la voz de quienes participaron de ese histórico convite que unió a dos grandes y sembró las semillas para la cosecha de la zamba que identifica a San Juan en el mundo.
