No fue una banda tributo que recreó la obra que dejó en tierra. De hecho, tampoco fue la música la única protagonista. Al son de temas memorables -desde el declarativo Show must go on hasta el glorioso We are the champions, comienzo y final- y con la danza como principal lenguaje, Hernán Piquín deleitó anoche a los sanjuaninos, recreando a un Freddie Mercury en otra dimensión… desconocida. Fue con sus grandes saltos y sus precisos giros, y con su sensible interpretación como el talentoso bailarín condujo a la platea por algunos párrafos de la historia del ex Queen.

Versátil, como lo ha demostrado más de una vez, un Piquín compenetrado con el intenso rocker -ilusión a la que bien ayudó la caracterización y también el soporte de imágenes proyectadas- apareció en escena, paradójicamente, muerto. Pero claro, como decía una de las tantas frases que le dedicaron, las leyendas nunca mueren. Y así, en una suerte de flashback, comenzó todo.

La niñez, su madre, su juventud, el éxitos, los excesos, el amor y la homosexualidad (en impactantes cuadros de sutil humor y también de cuidado erotismo), el sida, la caída, la muerte, la inmortalidad… ritmos lentos y vertiginosos, solos y dúos de enorme belleza, y grupales a la altura del protagonista y del desafío que implica una puesta como ésta, dedicada a un personaje tan instalado en la memoria colectiva… A su modo, en su medida, todo estuvo sobre las tablas del Teatro Sarmiento, deleitando. Y, de algún modo, también borrando aquel gustito a poco que dejó hace prácticamente un año, cuando presentó un brevísimo Pasión Tango.

Para los amantes de la danza y para los que alguna vez se conmovieron con los temas de Queen, el de anoche fue un espectáculo doblemente memorable.