Hijo de una familia de actores trotamundos nacido en Hollywood, a lo largo de su vida fue hippy, escritor, escultor, pintor, músico, granjero y hasta sirvió al ejército. Y aunque también ejerció como actor de teatro shakesperiano, no fue más que un respetable desconocido hasta 1972, cuando -en la piel del errante monje chino-americano Kwai Chang Caine, el "pequeño saltamontes" shaolín- protagonizó Kung Fu, serie televisiva que grabó durante 3 años, que tuvo una secuela en los ’90 y que lo hizo famoso en el mundo entero. Ese mundo que ayer se sorprendió con la noticia de su muerte, ocurrida en medio del rodaje de Stretch, en Bangkok. La policía tailandesa -que investiga el caso- sólo anunció que fue encontrado por uno de los productores, ahorcado con una cuerda de nailon en el interior de un armario de la habitación del hotel donde se alojaba, que no mostraba señales de haber sido violentada. La noche anterior, llamó la atención que David no hubiera bajado a cenar, aunque se pensó que estaría cansado y prefería dormir.
Así, a los 72 años, terminó la vida de John Arthur Carradine, su verdadero nombre, quien jamás imaginó trascender como un ícono de la lucha y la filosofía orientales -de las que poco conocía y que en verdad cultivó tras su experiencia en Kung Fu-; sino más bien (norteamericano al fin) como un vaquero de esos westerns que lo cautivaron desde niño y con los que debutó en la pantalla grande, allá por los 60, como Caravana y El virginiano. El éxito no acompañó sus intenciones, así que si bien decidió no renunciar al viejo oeste, no lo transitó con cartucheras, pistolas humeantes y botas texanas; sino bajo la tiranía de la fama: buscando a su desaparecido hermano Danny y munido de las artes marciales, que fueron justamente las que le devolvieron la popularidad en el siglo XXI. Fue entonces cuando el cineasta Quentin Tarantino lo convocó para las dos entregas de Kill Bill (2003 y 2004), junto a Uma Thurman; cintas que se convertirían, además, en la gran despedida de su carrera, más allá de otros filmes. Allí, el actor que también sufrió su adicción al alcohol, encarnó el rol opuesto al que lo había lanzado al estrellato, el malo de la película, el gélido Bill, el enemigo de "La Novia"; un papel que le deparó una candidatura al Globo de Oro, una nueva legión de fanáticos y lo devolvió a la vida.
Por fuera de esos dos hitos de la gran pantalla que marcaron su carrera -el monje chino-americano (rol que en un principio estaba destinado a Bruce Lee, aunque no se lo dieron por sus marcados rasgos orientales) y el asesino despiadado- hubo más, un ciento de películas más: varias importantes, como Mean Streets (1973) de Martin Scorsese, Bound of Glory (1976, que le valió una nominación al Oscar) o El huevo de la serpiente, de Ingmar Bergman (1977); otras olvidables de bajo presupuesto. También fue guionista y director (Americana, 1981) y se lució en un capítulo televisivo de Tiempo Final (Lesbianas), bajo licencia de Fox. Pero jamás podría despegarse de aquel "pequeño saltamontes" -como lo bautizó en la serie el Maestro Po- que finalmente terminó atravesándolo.
"Huyo de las pertenencias. Cada diez años abandono la casa donde estoy y tomo la carretera. Me llevo a mi perro y lo que quepa en el coche", confesó tiempo atrás Carradine, que ayer emprendió su último viaje, todavía en medio del misterio.
