Que hay que bailar en teatros, pero también en las plazas, en la calle… decía ‘La bailarina del pueblo’ (apodo que la enorgullecía). Y claro que todos pueden bailar, la bailarina minada de talentos y también las que teníamos más ganas que dones… La danza como expresión del alma. Y ahí estaba ella, no sólo dando oportunidad a los menos virtuosos, sino también haciendo lugar para los grupos de adultos que nunca habían bailado y querían hacerlo… y a los que le encantaba ver disfrutar y trataba como a sus bailarines ‘de verdad’, distinción que ella nunca hizo. Y ojo, que no se hable mal de una compañera, ni de de una colega, y nada de enconos ni de peleas… Valores, códigos, que no abundan. Generosa. Pacifista. Amorosa. Noble. Desinteresada. Espontánea. Rebelde. Niña. Mujer….. Las clases con Violeta Pérez Lobos fueron mucho más que clases donde se aprendió a bailar y a querer la danza. Fuimos un poquito sus hijos, todos los que pasamos por allí, en ese estudio que era hogar, más allá que fuera en la Bancaria o en la Av. Rioja o en la Hipólito Yrigoyen. Porque el hogar fueron ellos; con Juan Carlos Abraham, al principio, y cuando él se fue, ella. Y como todo hogar tenía de todo. Pero tenía lo principal: amor. Basta leer cada comentario que su partida arrancó en tantos que la conocieron. ¡Qué don! y no me refiero al de la vocación, de bailar y enseñar, que la habilitan a merecidos títulos como precursora, innovadora, histórica… El don de entrelazar, de unir… ¿Sabría que lo tenía? Puentes, de Piazzolla a Queen, pasando por Stravinsky y Mozart… De estudiosos bailarines a nóveles aficionados… de clásico a contemporáneo… de académico a popular… de zapatillas de punta a pies descalzos…. de rodetes a cabellos sueltos… de maestras de aquí a las de allá… de teatros a vía pública… Puente, siempre puente, como debe ser el arte… Barrera, nunca. Ese fue ‘su’ arte. Y ese es también su legado. Ojalá sepamos hacerle honores, Maestra. Gracias.
Estela Ruiz M.
Editora Sección Guía
DIARIO DE CUYO
