"Hay marcas y cicatrices esclavas de un transitar del tiempo nada esquivo… Podría haber puesto de manifiesto mi persona eligiendo a un político que me nombrara mi vecino el Valentín los domingos de borrachera: Federico Cantoni (del cual leí bastante), quizás a Horacio Guaraní poeta del pueblo que conociera en mi juventud temprana, o a un Charly García de una adolescencia rebelde y descabellada producto de los excesos juveniles. Pero, elegí a Carlitos "La Mona" Jiménez. Me traslada a una infancia allá por los ocho años, camisa de seda, pantalón náutico y cubata (secuela que aún llevo tatuada en mi imagen), los bailes del Club Atlético Colón Juniors y las bombitas de vidrio que se lanzaban ante mi mirada inocente, entre algunos de los asistentes a esos carnavales de verano (cualquier otra persona en mi lugar, hubiera jurado ver botellas y sillas volando).

La Mona Giménez no sólo marcó mi infancia musical, sino literal. Popular, redundantemente de la gente, "de todos", sin distinción de sexo, raza, ni color de piel. La Voz del pueblo hecha canción. ¿Qué cosas no hizo desde su lugar a través del arte? Casi con un centenar de discos bajo del brazo, La Mona jugó a ser canillita, solidario, generoso; y cantó con casi todos los músicos del país y diversos del extranjero. ¿¡Qué más puede hacer!? Y temáticamente escribió sobre todo.

Si fuera Carlitos "La Mona" Jiménez por un día tomaría el teléfono y llamaría e invitaría al cantante de La Oveja Negra y los García para cantar con él una canción. Estoy completamente seguro que no va a rechazar la oferta y que lo va a hacer gustosamente… después de todo, siendo en ese momento "La Mona", no se me va a venir la carrera abajo por el desliz de un día.’