Franz Lehár nació en Komarno (hoy Eslovaquia) en 1879 y en aquellos años era parte del Reino de Hungría y por tanto del Imperio Austro-Húngaro. Era hijo de un director de banda militar que puso a su hijo a estudiar violín y composición en Praga. Allí el mismo Dvorak le aconsejó que se dedicara a la composición. En 1902 compone "Wiener Frauen’ (Mujeres de Viena), deja el ejército y se dedica de lleno a la composición. El Imperio Austro-Húngaro comprendía un cúmulo de diferentes territorios que incluía a los Balcanes (todavía hoy son conocidos nombres como Bosnia-Herzegovina, Croacia, Serbia o Eslovenia). Desde los siglos XIII y XIV una pequeña porción era conocida como Zeta y habitada por clanes que peleaban entre sí. Un metropolita (obispo ortodoxo) llamado Danilo Petrovich tomó el poder en 1696 y estableció una Teocracia; gobernaba un Príncipe-Arzobispo. Hubo varios otros "Danilos" después. Más tarde se estableció la paz adentro y con los vecinos. La zona ampliada se secularizó y se llamó Principado de Montenegro. En 1896 sucedió que el Principado había contraído una enorme deuda con el Servicio Postal del Imperio y eso produjo enormes inconvenientes. Para 1905 se elaboró una nueva constitución en el Principado. No es casual que en ese mismo año -1905- se compusiera una opereta en la cual el patriotismo se traduce en buscar una manera -por ridícula que parezca- para que el dinero quede en las arcas del estado fundido. El público vienés captaba perfectamente que Montenegro era Pontevedro, que el Conde -nobleza pontenegrina- es… Danilo, que el canciller de la Embajada es…."Njegus", y así sucesivamente podía reirse a carcajadas. Pero el tema original era del francés Henri Mailhac, que escribió en 1862 "Láttaché d’Ambassade" (El agregado de embajada). A comienzos del siglo XX dos libretistas de Viena -Víctor Hirschfeld (húngaro que modificó su nombre por el de Victor Léon) y Leo Rosenstein (que lo cambió por Leo Stein)- adaptaron la obra a una Embajada de Pontevedro en París. En lugar de sables, botas y levantamientos, algo típico de "opereta vienesa’: uniformes, fracs diplomáticos, bellas mujeres, mesas con manjares y bebidas, pero -lo más importante- inundada por valses, polkas, marchas, polonesas, mazurcas, can-can y un baile folklórico típicamente balcánico llamado kolo, que supone grupos en ronda tomados de la mano.

Pero la "prehistoria’ de la opereta es como una opereta en sí misma: Los directores del teatro "an der Wien’ -Wallner y Karezeg- querían que el compositor fuera otro, Richard Heuberger, pero los libretistas (Léon y Stein) pensaban lo contrario. Las estratagemas usadas por ambos grupos rozan lo grotesco; y al final la dupla de libretistas más el genio musical de Lehár y el apoyo incondicional de los tres principales cantantes (los de los personajes Ana, Danilo y Mirko Zeta) prevaleció. Cuando bajó el telón y el público aplaudió, ambos directores por supuesto salieron contentísimos a saludar y compartir el "triunfo’. Y es que más allá del argumento (es una opereta vienesa y por tanto debe divertir sin buscar nada profundo), está la música de Lehár, chispeante, encantadora y deliciosa. Aún quien nunca la escuchó completa no podía dejar de reconocer tantas melodías escuchadas en casamientos, fiestas u otras ocasiones. Una de las más conocidas arias de Lehár es "Dein ist mein ganzes Herz’ (Tuyo es todo mi corazón), de la opereta "Das Land des Lächelns’ (La tierra de las sonrisas). Es imposible no sonreír con esta música!

Así termina otro ciclo de Mozarteum y no se puede dejar de señalar lo importante que es tener algo semejante en una ciudad "chica’ como San Juan. Montar una opereta no es fácil y musicalmente fue una tarea muy bien lograda. Me permito compartir además de mi alegría y agradecimiento por todos los que hacen esto posible, una sensación personal como para ayudar al público melómano a comprender mejor lo que escuchamos. Lehár escribía melodías bellísimas (¿quién no lo nota?) pero en el caso de La viuda alegre además rompió un poco la tradición de la opereta al aumentar y refinar la orquesta hasta hacerla prácticamente una obra sinfónica. Y los dos libretistas citados lograron un texto que en alemán es especialmente divertido, todo en verso y rimado. Entiendo absolutamente que se lo haya cantado en español y me parece una decisión acertada; sólo sería bueno que el público supiera que en este caso el texto alemán añadió al público vienés una cuota extra de diversión. Y además la orquesta tan reducida -que sonó maravillosamente bajo la batuta de Plis Sterenberg- era algo muy apagado, pero lo que sentí fue la falta del "pabellón’ del último acto, ya que la escena de confusión de parejas da lugar al diálogo más divertido de toda la opereta y como los solistas demostraron que eran buenos actores, lo podrían haber hecho bien. Me queda la impresión de que casi nadie en el público sabía lo que estaba pasando. Pero repito que considerando los medios estrechos con que se cuenta ahora, la empresa fue más que exitosa. Por eso espero con ansias la futura realidad de un verdadero teatro de ópera, con escenario apropiado y fosa de orquesta. Debería estrenarse con una nueva versión en tres actos y con pabellón en el tercero. Felicitaciones a todos y especialmente a los solistas Marina Silva y Leonardo Estevez (Danilo y Ana), Laura Delogu y Duilio Smiriglia (Valencienne y Camille de Rossillon) y a cada miembro del coro y de la orquesta. El público quedó encantado!! ¿Qué tendremos el año que viene?