Dialogar consiste en que dos o más personas opinen para llegar juntas a la verdad. Discutir significa que uno o unos se imponen a otros porque gritan más fuerte o tienen más poder. Me encanta ver cómo en las obras orquestales tocan juntos, aunque por momentos la flauta se junta al oboe y le responde el fagot. Esos ‘diálogos’ no se hacen para ‘cortarse’ solos o interrumpir a otros o imponerles nada. Todos contribuyen a la verdad de la obra! August von Kotzebue (1761-1819) fue un prolífico dramaturgo alemán. Sus obras fueron muy apreciadas…y no tanto; aunque quizá por ello mismo fue muy conocido. En un ensayo se preguntaba: ‘¿Por qué tengo tantos enemigos?’ Un estudiante de teología en Weimar lo atacó en su casa y luego se acuchilló a sí mismo. ¡La teología no es para todos! Pero en 1811 se conocieron con Beethoven y emprendieron dos músicas ‘para escena’. Una es: ‘Las Ruinas de Atenas’. La ocasión fue la inauguración de un teatro en Pest y el aniversario del Emperador Francisco. Según el texto de Kotzebue, Atenea se despierta de un largo sueño de 2.000 años en una Grecia ahora ocupada por el Imperio Turco y encuentra exilio en la Hungría del hospitalario Francisco (Emperador de Austria y Rey de Hungría). En 1873 Pest se unió a Buda y se creo la nueva capital: Budapest. La obra es más larga y también coral, pero escuchamos la Obertura que se inicia en un ‘Andante con moto’ con las cuerdas bajas muy suaves, llamado lejano de los bronces (se está despertando Atenea) y una marcha de los vientos lleva al ‘Allegro ma non tropo’ que sube de intensidad. Carl M. von Weber (1786-1826) era primo de la esposa de Mozart y provenía de una familia de músicos. Su padre quizá pretendía que fuera ‘otro Mozart’ ya que lo hizo viajar mucho y era también bastante niño-prodigio. Se lo considera el fundador de la ópera romántica alemana en las cuales exploró nuevas posibilidades para los instrumentos de viento. Sentía -como Mozart- gran cariño por el clarinete, instrumento que posee más capacidad para los ‘pianissimos, crescendos o diminuendos’ que los otros instrumentos de viento. En el mismo año en que se habían encontrado Kotzabue y Beethoven (1811) se encontraron Weber y un famoso clarinetista: Heinrich Bäreman. Compuso para él un Concertino que fue escuchado por el Rey Maximiliano I de Baviera quien le encargó luego dos Conciertos para clarinete.. el N¦ 2 en mi bemol mayor consta de tres movimientos: en el Allegro, la orquesta ataca, la cuerda ‘pavimenta’ el camino para que siga el clarinete; el Andante es una ‘Romanza’ que además de permitir al solista mostrar la capacidad de su instrumento es muy ‘operístico’ (des notable cómo acordes de las cuerdas introducen al clarinete como si éste fuera una soprano o un tenor a punto de entonar su Aria. Pero además este Andante es -creo- lo más romántico de Weber; tras el Pizzicato de chelos, inicia el clarinete su cantilena, y cuando las cuerdas lo repiten lo hacen con una emocionante belleza. Y si la Polonesa era un baile casi procesional, que ‘abría’ las veladas para dar lugar a otros bailes, aquí este ‘Alla polacca’ es muy veloz para lucimiento del clarinetista. Al igual que César Franck, Anton Bruckner (1824-1896) era fundamentalmente organista, aunque no escribió mucho para él mismo y también como Franck profundamente católico. No fue ningún ‘niño prodigio’ ya que su primera obra importante: una Misa, la compuso a los 40 años. Admiraba a Bach y también a Wagner a diferencia de Brahms que se le oponía. En 1881 compone un himno solemne de Alabanza y Gratitud: su ‘Te Deum’ mientras comenzaba su 7ma. Sinfonía. En la última representación que él mismo dirigió, estuvo J. Brahms quien había sido muy duro con él (había definido a sus Sinfonías como ‘Enormes serpientes que se están desenrollado’) y quien ahora escuchaba emocionado. Y Gustav Mahler que ciertamente lo admiraba: tomó la partitura con el autógrafo que decía: ‘Para coros, solos, orquesta y órgano…..’ ..y añadió: ‘para las lenguas de los ángeles y corazones atormentados que buscan a Dios y almas purificadas…’. Se divide en 5 partes: Te Deum laudamus (A Tí oh Dios te alabamos..), Te ergo quesumus (te rogamos pues…), Aeterna fac (Haz que la tierra…), Salvum Fac populum tuum (Salva a tu pueblo) y In Te Domine speravi (En Tí Señor espero). El concierto fue en memoria de María Patierno (Mary Katz), chelista fallecida ese mismo día, que fue fundadora de lo que ha llegado a ser hoy nuestra querida orquesta. Felicitaciones a cada músico que supo ‘dialogar’ con sus compañeros, a los coreutas, solistas y a los directores. La parte más larga correspondía al tenor -Gabriel Arce- acompañado por sus tres otros cantantes. Nuevo agradecimiento a Marcelo González. Nunca olvido que hace años antes de iniciar el Concierto de Mozart nos dijo: ‘La música es luz’

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