Bailarín, docente, coreógrafo, jurado internacional; Mauricio Wainrot nació en Buenos Aires, estudió en el Teatro Colón y recorrió el mundo, que aplaudió su trabajo. Recibió la condecoración civil de Chevalier de l’ Ordre de Léopold, distinción honorífica del Rey de Bélgica; y dos veces fue nominado al Benois de la Danse (el Oscar del ballet, la última este año por su obra "La canción de la tierra). Sin embargo eligió regresar a su país, donde desde 1999 dirige el prestigioso Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, que por primera vez visitará la provincia mañana, de la mano de Mozarteum.
"Tengo muchas ganas de volver. Fui hace casi 30 años porque mi madre, que era viuda, se casó con un viudo, Fink, que vivía allí y tenía una mueblería. Y me encantó. Recuerdo que abrías la puerta de la cocina y se veía la cordillera’, rememora Wainrot, que tiene dos sanjuaninas en su entorno -la bailarina Victoria Balanza y su secretaria Mariana Romero- y que admira a Domingo Faustino Sarmiento. "Es mi ídolo nacional. Es un ser de una visión y mentalidad como pocos argentinos han tenido’, subraya.
– Florecida, con muchos grupos. En el interior sé que también hay muchos…
– Siempre tuvimos una identidad. El bailarín argentino es muy artista, tiene mucho carácter. En las grandes compañías del mundo hay argentinos. En lo que no nos hemos destacado mucho es en compañías…
– Tiene que ver con nuestra idiosincrasia, todos queremos ser caciques. Es un tema de disciplina, tal vez intrínseco, como venimos de los italianos, que están entre los seres más creativos del planeta pero les cuesta organizarse…
– Mi madre, que había enviudado, enfermó. Tenía más de 80 años y pensé quedarme con ella un tiempito. Por suerte vivió 13 años más, eso me hizo bien; pero también el trabajo que comencé a hacer acá. La compañía me atrapó totalmente y se convirtió en el proyecto artístico más importante que he tenido.
– Totalmente. Ver cómo los bailarines van creciendo me hace muy bien al alma. Y también planear temporadas, traer corógrafos, buscar maestros… me apasiona realmente.
– Y es mejor, porque el mundo de la danza está integrado a la sociedad de otra manera. Mientras fui coreógrafo residente del Ballet Real de Bélgica (11 años), la compañía giraba por toda Europa, iba a China, Turquía… El San Martín tiene 37 años y es la primera vez que vamos a San Juan… Me da vergüenza decirlo. Me encantaría sacar la compañía por lo menos una vez cada dos años, pero cuesta un triunfo. En Canadá también salíamos, había políticas culturales nacionales y provinciales que lo permitían…
– Pero claro, si está divorciada totalmente Cultura de la ciudad de Buenos Aires y de Nación, es un horror, un bochorno, y al medio quedan los artistas. En los últimos años invité muchas veces al Ministro de Cultura a ver espectáculos nuestros y no vinieron. Como Macri no tiene buena relación con el Gobierno nacional y viceversa, estamos así. La cancillería tiene invitaciones para llevar compañías de danza afuera y jamás nos invitaron. Es como si uno fuera de Uganda… En vez de trabajar en conjunto.
– Y pasa lo mismo con el Colón. Las autoridades nacionales no van al Colón, el teatro más lindo del mundo. Y uno se siente muy frustrado con todo eso.
– Nada, uno se llena de rabia y después lo deja pasar. Uno sabe que el trabajo que hace es importante, pero también sería bueno tener atrás un país que te apoye. Algún día me va a costar caro hablar así, pero bueno…
– No, nada de eso. Creo que es una realidad y que hay que decirla. Jamás me invitaron a la Casa Rosada a un acto de Cultura… Me ligan a Macri, antes a Telerman, a Ibarra y a todos los jefes de Gobierno que tuvimos; y el Ballet del San Martín depende del Gobierno de la Ciudad, entonces es normal que sea así, pero yo ante todo soy argentino, y para mí es un orgullo representar a mi país. Yo trabajo a gusto al lado de Macri, como trabajé al lado de Ibarra… bueno, Ibarra y Macri tampoco se llevan bien, yo qué sé…
– He tenido encuentros con funcionarios, pero dudo que vengan a ver un espectáculo nuestro. Me encargué personalmente de invitarlos y llevamos hechas más de mil funciones. No podemos vivir como gatos y perros, somos todos argentinos, unos peronistas, otros radicales, otros socialistas, pero no somos enemigos por pensar diferente. No es civilizado….
– No, me tira mucho la gente de la compañía. Las giras son una parte, que siempre la hemos tenido trunca, pero hay otras. Tengo mi alma de maestro, me siento bien trabajando en el teatro, hacemos unas 70 funciones al año allí o en el Alvear… Y además sigo trabajando afuera.
– No soy tan narcisista (risas). Disfruto del trabajo, del día a día, de ver cómo la gente crece y también cómo se va a buscar nuevos lugares, porque eso es ser artista. Mi trabajo cada año es diferente, me encanta, me enriquece. Me gusta seguir aprendiendo de las nuevas generaciones. Yo nunca fui dogmático, menos ahora que soy una persona grande. Yo aprendo todo el tiempo.

