En los países latinos subyace una muy particular convicción sobre cómo se generan cambios. Cuando se aspira a dar un giro copernicano a determinados acontecimientos, se piensa en "revolución", que a la vez se la asocia con ciertos tipos de violencia. Si bien una revolución implica una transformación sustancial de alguna realidad, no es forzoso que sea por métodos cruentos. En diferentes ocasiones en Latinoamérica, bajo la consigna de "Revolución", en realidad se han ocultado propósitos criminales, persecuciones, implantaciones de dictaduras, pero no auténticos cambios evolutivos. Las verdaderas revoluciones son aquellas que le dan una nueva orientación a la existencia, pero con un progreso para todos. Se trata, inexcusablemente, de una superación. Piénsese en las que efectivamente dieron un impulso ascendente a la humanidad. La Revolución Industrial, la Revolución Cultural que derivó de la invención de la imprenta, la Revolución Científica o la de las Comunicaciones, que ha convertido al planeta en una aldea global, constituyen ejemplos de verdaderas revoluciones.
Durante generaciones en América, fue motivo de orgullo el haber logrado sociedades que eran un "crisol de razas". Y en los hechos así ha sido. Diferentes etnias se han fusionado continuadamente, constituyendo sociedades abiertas y dinámicas. Sin embargo, por motivos muy probablemente extra étnicos, desde hace un tiempo hemos presenciado iniciativas de quiebre social, bajo el esquema de "revolución violenta". Resulta paradigmático el caso de Chile, que hasta se redactó una nueva constitución en base a ideologías extrañas con el pretexto de fragmentar a la nación.
Es oportuno considerar el reciente caso del Reino Unido. Con un nutrido pasado colonialista, hecho que en sí presupone un objetivo más diferenciado de diferentes razas y culturas, ha dado reciente un paso revolucionario, absolutamente incruento, hacia una superación. La nueva primera ministra, Lizz Truss, ha presentado un gabinete que rompe con la tradición británica al respecto. El Ministro de Relaciones Exteriores, James Cleverly, es la primera persona de raza negra en el cargo, su madre es de Sierra Leona. La ministra del interior es Suella Braverman, sus padres nacieron en Kenia. Otro funcionario relevante es Nadhim Zahawi, de origen iraquí. La ministra de Comercio Internacional, Kemi Badenoch, una mujer de raza negra. Otro afrodescendiente es Kwasi Kwarteng, Ministro de Hacienda. La composición de un gabinete con representación tan diversa, es reflejo de una intención gubernamental y social de integración. Evidentemente, en este caso la diferencia no es excusa para fracturar a la sociedad, sino para ensamblar todas las partes en un todo armónico.
Una evidencia incontrastable de que el cambio, y hasta una verdadera revolución, sólo son posibles en base a la mutua reconsideración y a la interrelación civilizada.
