La guerra contra Ucrania iniciada por Rusia el 24 de febrero de 2022, a poco de cumplir un año y medio, es uno de los conflictos bélicos que más destrucción está provocando, por lo que merece el más enérgico repudio de toda la comunidad internacional que se ha visto afectada de una u otra forma por las consecuencias económicas y sociales derivadas de esta conflagración de alcance mundial.

Las pretensiones de Rusia de recuperar territorios que en el pasado pertenecieron a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) no debió ser motivo de tan cruel guerra con la que ese país está intentando demostrar un poderío propio de su vocación imperialista. En este casi año y medio de guerra, el resto del mundo ha sido testigo de sucesivas ofensivas rusas y contraofensivas ucranianas, durante las cuales varias ciudades han cambiado de manos, mientras los bombardeos rusos contra la infraestructura ucraniana han seguido destruyendo poblaciones enteras e instalaciones estratégicas, con el afán de motivar la rendición de Ucrania y demostrar las pretensiones de avanzar sobre territorios que ya habían obtenido su independencia del dominio ruso.

Desde el inicio de la guerra, Rusia ha utilizado todo su potencial bélico de una manera despiadada, desconociendo todas las normas y códigos estipulados dentro de los acuerdos internacionales que rigen los conflictos bélicos. Los ataques que se han sucedido no han respetado las normas básicas humanitarias, con acciones consideradas crímenes de guerra en las que ha habido todo tipo de violaciones a la población civil, a la que no se la ha respetado de ninguna manera.

La actitud de Rusia ante la resistencia de Ucrania, como también ante el apoyo que este último país recibió de otras naciones que hicieron causa común en su defensa, ha estado basada en permanentes ataques a objetivos ucranianos sin tener en cuenta la destrucción y daños provocados. El atentado contra la represa de Kajovka, en territorio ucranianos ocupado por Rusia, es una muestra de la inconsciencia con que este país lleva a cabo sus acciones militares. A esto hay que sumar el permanente estado de tensión que provoca la amenaza de utilizar armas nucleares, como una forma de terminar victoriosamente el conflicto armado.

Ha llegado el momento de que los principales líderes de las grandes potencias del mundo como EEUU, Gran Bretaña, Francia, entre otras naciones, se decidan intervenir concretamente y pidan al mandatario ruso Vladimir Putin que, de una vez por todas, disponga un alto en el fuego para evitar más muertes y una mayor destrucción.

La incidencia que esta guerra tiene en la economía mundial, afectando inclusive a países tan remotos como la Argentina, merece un capítulo aparte, ya que no puede ser que un capricho imperialista de un líder político esté poniendo al mundo en una situación de crisis que está impidiendo vivir en un mundo en paz.

Así como el papa Francisco ha intentado mediar en este conflicto, sin resultados a la vista hasta este momento, los demás líderes mundiales deberían inmiscuirse un poco más para forzar una resolución que detenga de una vez esta guerra y permita a ucranianos y rusos, como una medida justa y necesaria, restablecer la paz en sus territorios.