El déficit forestal de San Juan es propio de las limitaciones del clima semidesértico que concentra las actividades sociales y productivas en los cuatro oasis de la provincia, donde el arbolado público y los espacios verdes son un alivio para soportar los rigores del verano. Por ello, históricamente, el bosque urbano y trazados rurales han tenido prioridad en las políticas públicas. Hasta Sarmiento se empeñó en buscar ejemplares que se adaptaran a este suelo y tuvo más éxito que las sucesivas propuestas.

El último plan anunciado pretendía incorporar más de 100.000 árboles hasta el año pasado, comenzado con 34.000 forestales en 2016 y 35.000 más para el año siguiente, una cifra insuficiente para cubrir accesos departamentales, recomponer plazas, disminuir el número de tasas vacías, e incrementar espacios verdes.

Todo indica que los planes de forestación deben ser más ambiciosos y si bien la sequía crónica que estamos soportando nos lleva a limitarnos en las proyecciones inmediatas, la planificación debe realizarse con vista a los próximos años. Tener todo preparado para el 2023 lanzar una gran campaña de forestación debe ser la meta obligada en una provincia que cada vez hay menos árboles y superficies verdes, con un marcado avance del desierto.

El actual período debe servir como etapa de preparación, acondicionando viveros, seleccionando especies y reacondicionando el sistema de riego para cuando llegue el momento de cuidar los árboles que San Juan está necesitando para alcanzar la meta de volver a ser una provincia con más verde en zonas claves como son los centros urbanos, plazas y parques, lugares turísticos y de concentración de mucho público como las inmediaciones del autódromo del Villicum, el estadio del Bicentenario y la zona de los diques.

Sin tener estadísticas ni censos puntuales, sabemos que en San Juan hay cada vez menos espacios verdes. En todos los casos se previeron reforestaciones que nunca se cumplieron masivamente.

Hay que tratar de que el San Juan verde que anhelamos para mejorar las condiciones de vida, no sea una utopía. Un plan estructural como se pretende debe ser una política de Estado para impulsar la forestación desde los viveros, con los plantines en stock hasta la sanidad en todas sus etapas, más allá de la coyuntura de una gestión oficial que tenga como meta, al menos para los próximos años, lograr la plantación de un millón de árboles, que es lo que realmente podrá cambiar las condiciones ambientales de la provincia.