Como aproximación conceptual, podemos entender a la política como las acciones orientadas hacia los asuntos públicos. Tales acciones pueden ser llevadas adelante por quienes ya tienen el poder en sus manos, o por aquellos que lo pretenden. Lo que a menudo se omite respecto a la noción de política, es que es esencialmente una competencia. La forma en que esa pugna se practica caracteriza a las diferentes naciones y épocas. Sin embargo, las diversas sociedades han terminado coincidiendo en que esa competencia muchas veces activa pasiones o excusas, y la búsqueda de soluciones termina encontrando el caos. Es por eso que existe en los actuales sistemas institucionalizados de poder un ámbito que no deja lugar a dudas sobre cómo debe ejercitarse esa competencia, y es precisamente mediante el diálogo argumentado. Precisamente, los parlamentos contraponen cara a cara a los representantes para que expliquen, escuchen y resuelvan. Al menos esa es la idea. El que todo lo expresado quedase registrado en diarios de sesiones ha tenido como finalidad que los legisladores hablasen no solamente a sus interlocutores, sino también a la historia. Constituía un desafío a la integridad de cada cual el compatibilizar públicamente ideas, procederes y compromisos. Pero cuando los hemiciclos se fueron transformando en escenarios, han parecido pesar más los ecos de rumores que la misma historia. El influjo de la aprobación de los propios o la gestación de una noticia o tuit tiene una gravitación definitoria. Y en esa dialéctica del espectáculo, tan propia de esta época, el argumento no parece incomodarse en dejar su lugar al adjetivo, más efectista. Ha llegado a tener tanto peso la acción adjetivadora, que en muchos casos ha reemplazado a la misma política. Es frecuente observar que la esperada y necesitada competencia en el plano del razonamiento ha descendido al ping pong apelativo.
El filósofo Julián Marías, en su obra "Tratado de la convivencia", manifestaba que "las expresiones ‘derecha’ o ‘izquierda’, cuando no se limitan a las manos o a las viviendas, no son sólo estúpidas, sino funestas". ¿Qué podría decir el esclarecido pensador español ante un país que se ató de manos y se amordazó bajo el peso de los apelativos "derecha" e "izquierda"? Porque la suspicacia y hasta el temor de sobrellevar como un estigma el rótulo de "derecha", especialmente, pareciera abrumar a modo de irrevocable reprobación condenatoria. Y todo lo que se vincule con preservación de derechos o la integridad del individuo, quedaría catalogado dentro del rubro "derecha". Evitar el bloqueo de una vía pública en perjuicio de la ciudadanía, impedir ocupaciones ilegales u otro atropello a derechos, se convirtió en causal del vaporoso epíteto "derecha", "facho", o algún otro. Se prefirió dejar hacer, tal fue la presión del adjetivo.
