La paralización global por efecto de la pandemia, que obliga al confinamiento social y frena todas las actividades prescindibles, ha cambiado hábitos y estilos de vida como nunca hubo en el planeta en forma simultánea para defenderse de un enemigo invisible sin más resguardo que el encierro preventivo. La historia dirá si esto es el comienzo de una transformación del mundo civilizado como consecuencia de la crisis sanitaria, pero mientras tanto surgen hechos absolutamente inéditos como el comportamiento de los seres irracionales por la ausencia de la amenaza del hombre.
En esta cuarentena obligatoria se han visto hechos sin precedentes, como una veintena de cóndores posada o revoloteando en las lomas del Dique de Ullum y que un gato montés tuviera la mala suerte de ser atropellado por un automóvil en una de las calles de Zonda, para citar dos curiosidades sanjuaninas. Pero en el resto del mundo se vienen sucediendo situaciones parecidas desde que comenzó la crisis del coronavirus, por ejemplo un puma curioso paseando por el centro de Santiago de Chile y el retorno a los canales de Venecia de peces, cisnes, patos y otras especies gozando de las aguas limpias por la ausencia de góndolas y turistas.
Mucho más notorio este avance animal sobre zonas otrora colmadas de visitantes, como se ha visto en un video a una familia de guanacos paseando -crías incluidas- por Puerto Pirámides, en la Península de Valdez, provincia de Chubut, donde estos camélidos salvajes sobreviven en desolados parajes patagónicos para resguardarse de la caza furtiva que hasta organiza certámenes de depredadores con armas largas. La ausencia humana ha dado a los guanacos un paréntesis vital como un pase libre para pasear por la costa atlántica. De la misma manera los ciervos husmeando en Villa La Angostura o durmiendo en las calles de Junín de los Andes, en Neuquén, parecen confirmar un comportamiento tan insólito como el de la gente recluida en sus viviendas.
Estas incursiones urbanas de los animales salvajes obligan a reflexionar sobre cómo el ser humano alteró la vida silvestre incluso hasta la desaparición de especies o perseguirlas a riesgo de extinción, al alterar los ecosistemas para aprovechar más recursos naturales sin políticas sustentables. Todo cambio en el comportamiento de las especies también depende del ser humano, hasta para subsistir, como los ciervos del parque de Nara, en Japón, alimentados por miles de turistas, incluyendo puestos de ventas de comida. Estos cérvidos, dóciles y acostumbrados a la presencia humana, ahora recorren las calles desiertas en busca de alimento, igual que centenares de monos en ciudades de Tailandia.
