El episodio bíblico de la Torre de Babel nos eleva a la comprensión del rol crucial de la comunicación en toda dinámica social. Una vez que aquella interacción entre las personas se interrumpió, al no poder comprenderse entre sí por la diversidad de lenguas, sus obras y sus potencialidades se truncaron. No resultaría exagerado el considerar que la humanidad no hubiese logrado erigir la civilización sin la mediación del lenguaje. Aunque en realidad no es necesario que las personas hablen diferentes idiomas para que se abran abismos entre ellas. Suficiente sería que a una misma palabra, diferentes sectores de la sociedad le reconozcan distintos significados. O peor aún, que una palabra o un concepto fuese vaciado de un significado preciso o coherente. Es lo que ha estado sucediendo desde hace tiempo en el mundo en general, pero especialmente en Latinoamérica, con términos que inclusive definen el destino de la sociedad (ejemplos: derecha, progresismo, estado, neoliberalismo, liberalismo, pueblo, popular, democracia, etc.).
Este 2023, año electoral, ha llevado al protagonismo a un vocablo cuya característica distintiva es su vacuidad conceptual, se trata de "grieta". Se podría inferir que unos entienden el sentido de tal palabra como diferencias contrastadas de posiciones ideológicas, otros como un enfrentamiento dialéctico permanente más allá del tema abordado, otros como una sobreactuación para concitar atención pública y mediática, otros como una falta de voluntad o capacidad para el entendimiento mutuo, etc. Pero la relevancia que sigue tomando el término grieta está vinculada a una especie de consigna de campaña, presentada casi como proyecto nacional: el de "terminar con la grieta".
En realidad, las diferencias de opiniones y perspectivas son consustanciales a la Democracia. Si lo que se pretende en realidad es suprimir diferentes puntos de vista, y reducir a un artificial promedio las opiniones respecto a economía, rol del Estado o lo que fuere, se estaría hiriendo de gravedad al propio fundamento del sistema democrático, que es la pluralidad. Dispares enfoques enriquecen el debate público, el que de ninguna forma menoscaba la convivencia. Sí lo hace, por el contrario, la descalificación y la velada admonición ante la opinión ajena, cosa que no puede derogarse resolutivamente desde el Estado. La filósofa Ayn Rand sostuvo que "la política es la consecuencia final, la puesta en práctica de las ideas fundamentales que dominan la cultura de una nación dada".
Es posible que en Argentina haga falta más grieta, entendida como diferencia de perspectivas. Porque en esta nación, pareciera que alguna minoría se hubiese propuesto permear en la ciudadanía cierta aversión a departir civilizadamente. Esta anormalidad ha dejado huellas en la cultura. Referencias a culebrones protagonizados por figuras políticas no encarnan un debate cívico. Mientras tanto, por otras grietas abiertas, nuestra tierra genera vida cuando por ellas circula el líquido elemento.
