Desde hace algo de una década y media, en Argentina se ha promocionado una notable expansión del uso de tarjetas y de otros métodos de crédito y pago. Si bien previamente tenían bastante difusión, desde entonces se bajaron las exigencias para su obtención, merced a la bancarización fomentada por distintos gobiernos. Asimismo, las entidades no bancarias también impulsaron la expansión de estos y otros instrumentos crediticios, a menudo con menos exigencias aun, aunque cobrando algo más de intereses. El hecho que se verifica actualmente en los hogares argentinos, es que poseen varias tarjetas de crédito, lo cual suele presentar dos inconvenientes preocupantes, por la extensión e incidencia de sus efectos. El primero consiste en que la casi totalidad de las personas no ha recibido tipo alguno de instrucción financiera. El sistema de enseñanza formal no incluyó siquiera lo fundamental. Es vox populi entre comerciantes que, en el momento de la compra, una notable mayoría sólo pregunta por el valor de la cuota, no por la cantidad de las mismas ni por el valor total que se termina pagando. El mismo Estado, a fin de amparar a la población podría haber previsto, por parte de las entidades de crédito, siquiera una charla informativa en el momento de incorporación de sus clientes. Caso tan típico como inadvertido es el de los intereses por saldos impagos, en el caso de tarjetas. En otras palabras, si el usuario abona sólo el mínimo, la deuda crecerá, por más que fuese puntual en sus pagos.
El segundo inconveniente, con relación al crédito tomado hoy por los hogares argentinos, está vinculado a la composición del gasto, en otras palabras en qué lo ocupa la población. De acuerdo a un estudio realizado por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) y el Ministerio de Economía, seis de cada diez hogares se endeuda para adquirir bienes básicos para la supervivencia: comida y medicamentos. Lo mismo sería expresar que a la mayoría de los argentinos no le son suficientes sus ingresos para alimentarse o preservar su salud. La inflación creciente suscita un desajuste entre ingresos y precios, los que ya no pueden ser sufragados con abstención de consumos no básicos. El aludido estudio, recientemente publicado, se efectuó entre octubre y noviembre de 2022, por lo que con los índices inflacionarios actuales el panorama debe haberse agravado. Especifica que los hogares utilizan el crédito "ante la inestabilidad o falta de ingresos, como herramienta para sostener consumos cotidianos y básicos, muchos de ellos ligados a los cuidados, como la compra de medicamentos o alimentos”. No parecería contribuir a esta preocupante situación el anuncio del Gobierno, respecto al aumento del 30% en la capacidad de compra de tarjetas. Un Estado endeudado, dispone siempre de recursos, aunque fuesen artificiosos, para salir adelante si se lo propone. Una población endeudada, a partir de un cierto punto, deberá lidiar con la privación y con el reclamo de sus deudas.
