Los terremotos de Turquía y Siria del pasado 6 de febrero, que siguen sacudiendo al mundo con atronadoras imágenes, deben necesariamente dar lugar a replanteos sobre previsiones para todo lugar igualmente vulnerable. Las zonas sísmicas lo son precisamente por la recurrencia inevitable de tales fenómenos, representando en ocasiones exponentes extremos de una instantánea destrucción general. Hasta el momento, el sismo referido ha superado 50.000 fallecidos, amén de las alrededor de 14 millones de personas afectadas y 4 millones de edificios derruidos o seriamente comprometidos. Este dantesco suceso ha tenido un máximo registro de 7,8 en la escala Richter. El terremoto de San Juan de 1944 tuvo 7,6. No obstante, desde aquel entonces nuestra ciudad asimiló la dura lección, adoptando normas constructivas sismorresistentes, que la colocan en una posición muy diferente a las de Turquía y Siria.
Sin embargo, y con relación a San Juan, se trata de estructuras sismorresistentes, no antisísmicas. Es decir, no se derrumbarán sobre sus ocupantes, pero sí podrán sufrir graves daños en su estructura, a menudo difícilmente reparables. Esto le da otra perspectiva al problema, generalmente pasada por alto. Los sobrevivientes de aquel terremoto de 1944 manifestaron que dispusieron de agua potable merced al sistema de distribución de entonces. Se trataba de cañerías de plomo, las que presentaban total flexibilidad y maleabilidad. Ante una pared caída o fracturada, con dichos caños vertiendo agua de manera descontrolada, los mismos vecinos cortaban la pérdida doblándolos con su misma mano. En tanto, los surtidores que habían quedado aptos siguieron suministrando el elemento crucial para la vida. Más considerando a San Juan en un 15 de enero, cuando los calores exigen una ingesta constante de líquido. Y pese a la sólida ciudad que hoy habitamos, preparada para enfrentar sismos, los conductos que hoy distribuyen el agua potable en las viviendas son plásticos, los que se quiebran y no ofrecen maleabilidad alguna. Ante un sismo de magnitud, irremediablemente el agua debería ser cortada, caso contrario la ciudad se anegaría. La provisión permanente de agua para casi 800.000 habitantes tendría que ser mediante camiones cisterna o similares. Cabría preguntarse sobre tal flota de vehículos y estaciones de despacho, ante una urgencia ineludible. Porque no se trata de una comodidad, sino de supervivencia.
Por otra parte, existe otra derivación adjunta a los terremotos. Al tratarse de una situación extrema y totalmente repentina, las personas pueden no tomar la decisión inmediata más correcta sobre cómo resguardarse, la perentoriedad y la tribulación han dado lugar a accidentes. Imaginemos a una población durmiendo en la noche. En distintos lugares del mundo existe un sistema de alerta temprana de sismos, con sirenas. Avisa con alrededor de 10 segundos de antelación, suficientes para que las personas puedan pensar cómo proceder. Al tratarse de supervivencia, configura una necesidad.
