En una sociedad como la nuestra, donde cada día hay que salir a afianzar el valor de las instituciones para que el país no pierda su esencia democrática, no se puede permitir que una violencia incipiente quiera hacernos cambiar nuestro estilo de vida. Es tan peligroso este fenómeno que, de no controlarlo debidamente, se corre el riesgo de perder la paz social que todavía nos caracteriza. Las distintas manifestaciones de violencia que se están observando en estos últimos tiempos son una peligrosa señal de que a consecuencias de malas políticas la política se está pasando por un momento controvertido, que hay que resolver restableciendo normas de comportamiento y valores sociales y morales que nos lleven a todos a una mejor convivencia. Junto a esto hay que intensificar los controles en todos los ámbitos y evitar naturalizar acciones que luego se convierten en hábitos que terminan haciendo que la gente laboriosa y de buena voluntad no pueda salir a la calle, como ocurre cada vez que hay manifestaciones populares o los temibles saqueos.
Desde chicos que utilizan drogas y se animan a distribuirlas entre sus pares, sin contemplar el daño que ocasionan, hasta adolescentes que se aventuran a robar un casco a la policía motorizada pretendiendo que no se les aplique ningún castigo, o la acción de grupos de motochorros que toman por asalto estaciones de servicio, como ocurrió el lunes último en un partido bonaerense, todos son actos de violencia que si no son desalentados a tiempo y como corresponde se pueden convertir en germen de hechos mayores y desencadenantes de un estado de desorden y agresividad que más adelante será muy difícil de controlar. En este cuadro también está la acción de grupos de narcotraficantes que cada vez actúan con mayor impunidad ante la inacción del gobierno que deja que esta actividad prolifere.
Para desalentar la violencia incipiente es necesario iniciar desde las bases de la sociedad, es decir la familia, un proceso de transmisión de valores que aliente a sus integrantes a una sana convivencia. Desde evitar palabras elevadas de tono hasta no permitir el comportamientos agresivos entre sus miembros o enseñar a ser solidarios con el prójimo, son acciones con las que la familia puede contribuir a cambiar aspectos de la sociedad que se han visto deteriorados en algunos sectores vulnerables.
Hay que tomar los primeros síntomas de violencia, analizarlos por qué se están originando y con acciones de enseñanza y control promover un cambio de actitud que, si bien no es fácil, debe alentarse en bien de toda la sociedad. Se trata de una tarea colectiva que nace de lo individual en un país que necesita fortalecer sus estructuras sociales detectando aquellos casos que pueden ser abordados desde el hogar o las instituciones que se encargan de las conductas sociales, especialmente en niños y adolescentes que es el sector al que hay que apuntalar.
