El líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, advirtió a la población del hermético país que vienen tiempos duros y los relacionó con el colapso de la década del 90 o la "Ardua Marcha", como denomina el régimen comunista a la hambruna sin precedente que vivieron tras la desaparición de la Unión Soviética, que solventaba a la nación, con un saldo estimado en tres millones de muertes.
Desde entonces es conocido el sometimiento del pueblo, carente de servicios básicos y alimentos por el altísimo gasto de la carrera armamentista que prioriza sobre el bien común. Ahora sólo recibe ayuda de China como socio geopolítico y estratégico de la sucesión de Kim II-sung, abuelo del actual presidente, considerado el fundador del país asiático.
A los estragos de la pandemia se suman a las penurias generadas por las sanciones internacionales por el desarrollo nuclear y misilístico mientras el diálogo sobre el desarme con EEUU para levantar esos castigos permanece en punto muerto desde 2019, ante la intransigencia de ambos gobiernos. Las fronteras de la República Popular Democrática de Corea, tal el nombre oficial, están cerradas de tal manera que las patrullas abrirán fuego a todo el que se acerque.
El turismo y la inversión china y los intercambios ya no existen, las representaciones extranjeras abandonaron el país por la inseguridad y la falta de insumos básicos y los desastres climáticos, entre otras alteraciones naturales, han impactado en la economía según datos de Pekín. Otros informes de ONGs aseguran que alrededor de 8,7 millones de personas no tienen acceso al agua potable ni servicios de salud.
Todo se agrava por las políticas represivas y una pésima gestión de gobierno que se limita a entregar raciones de comida, siempre insuficientes, aumentando la inseguridad alimentaria. Al impacto del coronavirus, que Pyongyang lo niega en el informe de marzo a la OMS, afirmando no haber detectado ningún caso positivo, se sumaron lluvias torrenciales e inundaciones que diezmaron cosechas y eliminaron tierras de cultivo.
En este contexto, organismos de derechos humanos alertan sobre un mayor control represivo: una reciente ley impone castigos a quienes posean elementos de informática extranjeros, contenidos de música, series, teléfonos y dispositivos electrónicos incompatibles con la vida en ese país ermitaño.
