Las democracias se caracterizan por nutridos intercambios de puntos de vista, análisis y perspectivas. Y la calidad de una democracia en particular se correlaciona con la de sus manifestaciones. La estatura de los debates y enfoques será un índice directo del nivel de un momento histórico determinado. Consecuentemente, se trata de un factor de necesidad; es decir, resulta necesario mejorar la calidad del intercambio conceptual de una nación para mejorar su realidad. Nada más y nada menos. Pero no solamente esto atañe a las imprescindibles formas, sino especialmente al contenido de tales interacciones. Y es aquí donde se produce uno de los yerros que repetidamente lesionan al sistema. Se suele entender que la esencia de la política es la lucha por el poder, en cualquier estamento y etapa. Sin embargo, el esclarecido filósofo español José Ortega y Gasset puntualizaba que "política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una Nación". En otras palabras, el diálogo político no consistiría en la pública controversia sobre innúmeras pugnas electorales, sino cómo afrontar las tareas para que todo marche de la mejor manera posible, en lo que atañe al Estado.

Con una frecuencia que sorprende, no se tiene en la mínima consideración tal enfoque. No obstante, un reciente estudio corrobora lo que siempre ha terminado emergiendo por entre las encendidas palabras de las tribunas públicas. Una encuesta de D’Alessio Irol Berensztein, entre diferentes datos ilustradores, expone los diez temas que más preocupan a los argentinos. Un 92% de las personas encuestadas respondió que la inflación es el problema más grave y que más los afecta. Es un porcentaje que se corresponde con la casi totalidad de la muestra. Pese a ello, es un tema que públicamente se lo aborda como si de un fenómeno natural se tratase, es decir, como si lo único posible fuese una actitud de espectador impotente. Demás estaría consignar que una acción coordinada entre diversos sectores, cristalizadas en una legislación que por ejemplo se focalizara en la emisión monetaria, podría ir contribuyendo a solucionar el flagelo de una inflación depauperante. El segundo puesto entre las preocupaciones mayores de los argentinos, con un 73%, lo ocupa la inseguridad/delincuencia. Este ítem y el previo referido a la inflación, se enfocan inequívocamente en la supervivencia. Ni siquiera al bienestar o al afán de superación, sino que expresan una inquietud tenaz a no perecer por la imposibilidad de adquirir lo necesario para vivir y a no ser asesinados por la delincuencia. Sólo estas 2 primeras aflicciones de la ciudadanía deberían ser suficientes para un replanteo de los despliegues argumentales que la política a menudo antepone. Y también podrían explicar la imagen negativa que la casi totalidad de los políticos hoy ostentan. En observancia de la máxima de Ortega y Gasset, el presente y futuro, reclaman conciliar el debate público con las necesidades de la sociedad y del momento histórico.