La reforma del deficitario sistema de seguridad social de Brasil, que ha sido declarado prioritaria por el presidente Jail Bolsonaro, es la mayor preocupación gubernamental porque el déficit fiscal del 6% del PBI brasileño es absolutamente insostenible. Pero no basta corregir el despilfarro que ocasiona un régimen jubilatorio prebendario si no se fortalece la economía y la agroindustria será el sector que acompañe la transición encarada por el nuevo gobierno.
El agro brasileño es el sector de la economía más competitivo e innovador y se posiciona entre los tres mayores del mundo gracias a la producción agroalimentaria y lidera las exportaciones junto a los commodities minerales, principalmente hierro, que generaron ingresos por 120.030 millones de dólares el año pasado. La expansión es notoria, por ejemplo en las ventas del complejo sojero, que aumentaron 29% en 2018, o unos 40.900 millones de dólares.
Sin embargo el país más industrializado de América latina, el primero que logró completar el proceso de sustitución de importaciones, superando a la Argentina y México, no ha podido superar todavía la brecha negativa que muestra la balanza comercial industrial. El déficit es cada vez mayor, con un saldo en rojo de 25.160 millones de dólares en 2018, casi diez veces superior al año anterior, en particular por la caída de las ventas a la Argentina y Estados Unidos.
Esto no ocurre con el comportamiento del agro, la fuente de riqueza más competitiva e innovadora de la economía brasileña y por ello el gobierno de Bolsonaro diseña una estrategia para lograr que su enorme aparato fabril se acerque a los niveles de productividad del sector rural. El problema manufacturero se centra en los elevados costos internos y de allí las dos reformas fundamentales que espera: cambiar el sistema de seguridad social y replantear la política tributaria. Todo esto apuntando a abrir la economía, que es una de las más cerradas del mundo, y privatizar las ineficientes 150 empresas estatales.
La producción agrícola brasileña es una de las más poderosas del mundo y la reforma estructural en la que se apoya la política económica del vecino país debe ser observada con detenimiento por la Argentina porque se trata de similares objetivos de mercado. Ambas naciones, junto con EEUU encabezan la producción alimentaria mundial.
