No es usual que Brasil se vea vinculada a episodios de desbordes masivos. Se trata de un país que a pesar de dificultades y oscilaciones, con origen vernáculo o no, siempre tuvo la inteligencia para consensuar salidas, alternativas y acuerdos. Y todo lo que ocurra en Brasil es determinante, no sólo para la región, sino para el mundo. Se encuentra entre las diez principales economías del mundo, con un volumen e influencia consecuente. El pasado domingo irrumpieron imágenes de hordas violentas devastando edificios públicos en Brasilia, su capital. La explicación suministrada por medios brasileros, replicadas en todo el orbe, es que se trataba de seguidores del anterior presidente, Jair Bolsonaro, quienes exigían la deposición del Presidente Lula por parte del ejército. Una demanda repudiable, toda vez que un país civilizado se rige por una Constitución, no por la acción del más prepotente.

Sin embargo, sometiendo el tema a un análisis pormenorizado, destacan aspectos que despiertan interrogantes. Por ejemplo, la ausencia de una clara identificación por parte de los presuntos golpistas y de una proclama clara en el plano de las exigencias y los plazos. Siempre ha sido así en toda época y lugar, visto que quienes intentan un golpe aspiran al control. Por ello ha sido un paso infaltable de golpistas el distribuir coordinadamente comunicados, tomas de medios de comunicación, además de declamaciones anunciando al nuevo líder y los pasos a seguir. Nada de esto existió. Y es este punto el que convoca la duda sobre si fue en realidad un intento de golpe o si se trató sólo de un lamentable y grotesco paseo destructivo por instalaciones estatales. Otro factor que llama la atención es la ausencia de pancartas, banderas o remeras identificatorias con Bolsonaro. Los vándalos, todos con una actitud al parecer poco espontánea, llevaban sobre su ropa especies de chalecos con los colores de la bandera brasilera. Resulta llamativo que de los cientos participantes nadie evocara concretamente a quien supone el gobierno que sería mentor de esta desagradable irrupción.

Otro aspecto significativo, es que resulta inevitable el recelar de que semejante convocatoria humana, no realizada por gente con entrenamiento bélico o similar, no haya sido advertida con anterioridad por el gobierno del Brasil. Aparentemente se trató de ciudadanos comunes que seguramente deben haber utilizado medios corrientes de comunicación, como servicios de chat, redes sociales, como así también el imperecedero boca a boca. Considerando la nutrida participación, resultaría muy improbable que no se hubiese transformado en "vox pupuli” desde días atrás. Los servicios de inteligencia de cualquier país detectan esto con facilidad y prematuramente. Cuesta imaginar que no tuvieran pleno conocimiento de lo que sucedería con esta turba descaminada, a fin de prevenir su acción. Finalmente, no se comprende cómo habrían pretendido deponer autoridades cuando tales se encuentran ausentes, justamente un día domingo.