El mundo se conmovió ayer ante la noticia de la muerte del “gigante del cine francés’. La partida del gran Alain Delon, a los 88 años en su casa de Douchy, arrancó sentidas palabras en diversos ámbitos. “Melancólico, popular, reservado, era más que una estrella: era un monumento francés”, tipeó el presidente Emmanuel Macron en X sobre quien hizo su última gran aparición pública para recibir la Palma de Oro honorífica en Cannes 2019, año en que sufrió un derrame cerebral que minó su salud, que se deterioró aún más cuando se le detectó un linfoma.

De infancia complicada, turbias amistades, ganada fama de picaflor y declaraciones que levantaban polvareda -como cuando se manifestó a favor de la pena de muerte o denostó la aprobación del matrimonio homosexual en Francia- el intérprete de profundos ojos azules que también puso su sello en teatro y televisión, debutó en 1957 con Quand la femme s’en mele, luego que un cazatalentos norteamericano le consiguió al apuesto veinteañero una prueba de cámara. Claramente no defraudó.

“Deja un vacío abismal que nada ni nadie podrá cubrir (…) Un embajador de la elegancia, del talento, de la belleza’, lo despidió Brigitte Bardot.

En los últimos años, fue el centro de una disputa familiar sobre su cuidado, que puso en foco a sus hijos Anthony, Anouchka y Alain. Desde abril, por orden judicial, estaba bajo “curatela reforzada”; ya no tenía plena libertad para administrar sus bienes, pero gozaba de protección legal.

Hace un par de décadas, mientras incluso seguía rodando, Delon hizo una de sus declaraciones más resonantes sobre el séptimo arte. “Dinero, comercio y televisión han destruido la máquina de sueños’, escribió en el semanario Le Nouvel Observateur. Y concluyó: “Mi cine está muerto. Y yo también’.