La negativa oficial a reconocer el proceso inflacionario que se viene perfilando desde fines del año pasado ya es cada vez más difícil de sostener. La admisión de una realidad inocultable ya no es patrimonio de consultores y políticos de la oposición, sino que incluye a oficialistas como Hugo Moyano, José Pampuro y Juan Manuel Urtubey, con lo que el engaño queda más en evidencia.

Después de más de tres años de falsificación estadística, cualquiera dispone de los argumentos que el propio gobierno le sirve en bandeja. Acaba de degustarlos el vicepresidente Julio Cobos, quien parece olvidar que no tuvo problemas en aceptar su candidatura a mediados de 2007, a sabiendas de que la información de la Dirección de Estadísticas de su provincia estaba siendo alterada por el mismo espacio político que aceptaba representar: en cuestión de pocas horas, la inflación de Mendoza se transformaba del 3,1 al 1,5 por ciento por obra y gracia del INDEC.

El patético festival de eufemismos en el que los voceros del Gobierno salen a reemplazar "inflación", la palabra tabú, por "reacomodamiento", "tensión", "readecuación" más los próximos hallazgos que seguramente saldrán a luz con el transcurso de los días, plantea el dilema acerca de si el propósito es desalentar mayores expectativas inflacionarias -todos los gobiernos se valieron del mismo recurso, aunque de una forma muchísimo menos descarada-, se encuentran en tal estado de confusión que creen sinceramente en lo que dicen o, simplemente, mienten.

De cara a las negociaciones paritarias, tanto los trabajadores cuanto los empresarios -obviamente desde diferentes perspectivas- chocan con el mismo dilema: al no contarse con una medición oficial fidedigna de la inflación en el país, se torna más que difícil saber a qué pauta de incremento salarial atenerse. Con el 23% acordado por los docentes o el 23,5% de los bancarios, ¿los trabajadores ganan, pierden o salen "hechos"? La comparación de esos porcentajes con los que el INDEC presenta como la inflación real carece de sentido, a no ser que se admita que en los últimos tres años los trabajadores tuvieron un espectacular incremento de su poder adquisitivo y los empresarios accedieron gustosamente a otorgar incrementos salariales que triplicaron el aumento de precios.

En base a las estimaciones de varias consultoras, hace ya bastante tiempo que se impuso como una verdad revelada que la inflación para todo 2010 rondará el 25%. Es el "porcentaje mágico" que repiten a diario analistas y políticos, a quienes convendría realizar algunas advertencias al respecto.

En primer lugar, no se entiende cómo en un proceso de aceleración de la tasa mensual de inflación (reconocido hasta por el propio INDEC, a juzgar por las cifras de los últimos cuatro meses), la proyección para todo el año se mantenga inalterable. Desde octubre de 2009, cada mes cerró con una inflación mayor a la del anterior, en un marco de tal aceleración que para todas las consultoras el índice de febrero fue por lo menos el doble que el de octubre del año pasado.

En este caso resalta la progresión indicada por Buenos Aires City, cuya responsable del área estadística es Graciela Bevacqua, la primera desplazada por la intervención en el INDEC: 1,3% en noviembre, 1,8 en diciembre, 2,3 en enero y 2,9% en febrero. Ese cuatrimestre anualizado da una inflación del 27,9%, pero el porcentaje podría ser mayor si se tiene en cuenta la tendencia ascendente que se da mes a mes. Si se tomara el trimestre diciembre-febrero, la tasa anualizada sube al 31,9%o, con el primer bimestre de 2010 alcanza al 36,1 y con febrero al 39,8%.

La seguidilla de índices en ascenso muestra otro elemento preocupante en el hecho de que febrero tuvo en todos los casos (INDEC incluido) un porcentaje superior al de enero, a contramano de la tendencia de la serie histórica que refleja un descenso de un mes al otro por cuestiones estacionales. Las excepciones del último cuarto de siglo fueron 1989, 1991 y 2002. En el primer caso, se desembocó en una hiperinflación que llegó a los cinco dígitos. El segundo fue frenado por el plan de Convertibilidad y el tercero fue la consecuencia inmediata de la devaluación y la espiral inflacionaria fue "corregida" mediante una brutal reducción del salario real, el canje de depósitos bancarios por bonos a cinco y diez años y la cada más profunda de la actividad económica que se haya registrado.

Como atenuante, debe indicarse que los porcentajes de la actualidad se encuentran afortunadamente lejos de todos los casos citados, en especial de los dos primeros. Como agravante, en esta oportunidad el Gobierno no reconoce -o dice no reconocer- el problema.