Que no se publicaba el dato para no estigmatizar a los pobres, que con un solo pobre bastaba para preocuparse, que teníamos menos pobres que Alemania o Suiza, eran algunos de los eufemismos con que se intentaba esconder la cifra escalofriante que ahora tenemos a la vista. Tanto quien fuera nuestra presidente como su ministro Jefe de Gabinete llegaron a la exageración de afirmar que, atendiendo a sus informes, directamente no había pobres en La Rioja y tampoco en Chaco, lugares que, hoy se comprueba, tienen índices más altos aun que la media nacional que alcanza nada menos que el 32,2%. Pero no viene al caso seguir recordando que las políticas populistas se nutren de la pobreza reemplazando pan por palabras y asistencia directa por trabajo como modo de sostenerse en el poder. Si hay pobres hay que ayudarles y ahí aparece la mano salvadora del Mesías de turno para entregar la frazada, el colchón o el paquete de mercaderías más intensamente en épocas electorales. Todo es muy sabido aunque no menos repetido a lo largo de nuestra historia. Un problema grave es que el método está tan asumido por el inconsciente colectivo que no es fácil cambiar de paradigma. Se requeriría un cambio cultural que la escuela no está proveyendo y cuya necesidad las universidades estatales niegan. Esforzarse, innovar, estudiar, dormir poco, salir menos, no beber, llegar a horario, trabajar, no quedarse con los elementos de trabajo, ser eficiente, ser productivo son conceptos considerados de derecha. La huelga, la extensión de feriados, el ausentismo laboral, que cinco hagan la tarea de dos y la falta de controles son la izquierda. ¿Será esta vez el 32,2% un punto de partida para comenzar a bajar como pretende el presidente Macri según lo dijo en su discurso de presentación en el Indec? Es bueno que haya advertido que no podrá llevar a cabo su pronóstico de pobreza cero para su período de gobierno. Es una cuota imprescindible de realismo. El número alto conocido puede tener una proporción coyuntural pero es evidente que su principal componente es estructural y que involucra tanto sistemas de gestión gubernamentales como empresarios, educativos, impositivos, en definitiva, de organización social. Prueba de ello es que, en el mismo tiempo y lugar en que se constatan 1.705.000 indigentes la FAO, Food and Agriculture Organization, organismo específico de las Naciones Unidas, informa que se arrojan por año a la basura 16 millones de toneladas de alimentos. En la Argentina, donde hay personas que no alcanzan a comer el mínimo de calorías para subsistir (indigentes) se pierde en promedio un kilogramo de alimentos por persona y por día por otros a quienes les sobra. Corregir esa locura no solo contribuiría a erradicar el hambre con una proporción mínima de lo que se desperdicia sino también a reducir drásticamente la contaminación, ahorrar agua, energía y dinero. Otra paradoja es que, en el programa ‘hambre cero‘ de la FAO tomado de la idea del ex Presidente Lula en Brasil, nuestro país es donante, no receptor. No hay mejor prueba de nuestra deficiente organización. Pero, veamos algunas curiosidades de la primera publicación seria del Indec sobre pobreza desde 2008 y la primera absoluta desde 2013 momento desde el cual Kiciloff interpretó que contar era estigmatizar. La Canasta Básica Alimentaria del hogar indigente se establece en $4.930, monto con el cual conseguiría adquirir lo imprescindible para consumir las calorías necesarias a la vida de una familia tipo. La Encuesta Permanente de Hogares EPH, detectó que el ingreso promedio de esa categoría es de $2.975 por lo cual les están faltando por mes $1.955, el 39,7% del total. Algo semejante ocurre con los que no alcanzan a satisfacer sus necesidades pero al menos logran comer, son pobres pero no indigentes. Necesitarían $12.851 y ganan $8.051 faltándoles $4.800, o sea el 37,4%. Podemos concluir que no solo hay 1.705.000 indigentes sino que en promedio están lejos de salir de esa situación. Del mismo modo o peor aún vemos que hay 8.772.000 personas bajo la línea de pobreza que también están a 37,4% de la línea de llegada de un mejor estándar. La región a la que pertenecemos, Cuyo, está varios puntos por encima del promedio nacional, 35,6 contra 32,2 en pobreza y algo mejor en indigencia, 4,5 contra 6,3; 587.000 pobres y 74.000 indigentes. No se publica aún el desagregado por provincia o por alguno de los 31 centros poblacionales encuestados. Es interesante conocer el método con el que se realiza el cálculo. En la actualidad se anuncian algunos cambios que tendrán en consideración factores como los gastos en salud de los mayores y en educación de los menores así como otros ajustes no alimentarios para la Canasta Básica Total. El concepto de indigencia procura establecer si los hogares cuentan con ingresos suficientes para adquirir una canasta de alimentos capaz de satisfacer un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas. El procedimiento parte de utilizar una canasta basada en hábitos de consumo de una población de referencia incluyendo en ella los precios más bajos. Se utiliza el concepto de ‘adulto equivalente‘ en el cual un varón de entre 30 y 60 años da valor 1, un bebé de 6 meses 0,27 de esa unidad y un joven de 17 años 1,04, que es el más alto de la tabla. Se suma el índice de cada integrante de la familia para tener el número final. Por ejemplo: Un hogar formado por matrimonio de 40 años con tres hijos de 5, 3 y un año cumplidos da 1 punto al padre, 0,77 a la madre, 0,60 al chico de 5 años, 0,51 al de 3 y 0,37 al de un año. Total, 3,25 unidades de adultos equivalentes, o sea, se hace de cuenta que en esa casa viven 3 adultos y un cuarto. Se aplica la cantidad de calorías correspondiente al adulto, que son 2.750, luego se compulsan los precios de los artículos a comprar y finalmente se pregunta el nivel de ingresos del grupo. Como se ve, eso permite tener un mapa exacto de lo que está pasando en el hogar con muy poco margen de error. Claro, ahora viene lo mejor que es dar la discusión de cómo combatir este mal y en qué plazos. Un problema de todos, no sólo de los gobiernos.
