En estas semanas se ha desbocado la volatilidad en los mercados de valores y esa influencia externa se ha sumado al de por sí variable humor argentino sensibilizado por la proximidad electoral. En el caso nuestro, la Bolsa registró oscilaciones mucho más violentas de las normales en época de comicios aunque manteniendo ganancia en el plazo de este año. Tomar el número del Merval que se publica en cada rueda no sirve como dato único para interpretar cómo andan las cosas. También hay que investigar las razones de esas oscilaciones y el monto que se negoció en la rueda. Por ejemplo, sabemos que la fuerte suba promedio de 2015 se debió en gran medida a la ausencia de destinos más genuinos de inversión y, principalmente por la fuerte demanda en el sistema llamado “contado con liquidación” que es aquél por el cual se compran acciones que cotizan en pesos para venderlas en el exterior a cortísimo plazo en dólares. En muchos casos, única forma de hacerse de moneda extranjera para pagos de insumo de la industria o, directamente, para egresar divisas. En estos casos, la suba de la Bolsa, no fue una buena noticia sino todo lo contrario, los valores subían porque había demanda con una finalidad distinta a la supuesta voluntad de participar en los negocios y utilidades de las empresas del país. Es bastante común que haya dificultad para comprender qué tiene que ver el valor de las acciones con el funcionamiento de una economía.
Comencemos por el principio. La colocación de acciones es la forma más barata que tienen las empresas para conseguir financiamiento, sobre todo las que requieren grandes volúmenes de dinero para funcionar, volúmenes que por lo general no se consiguen en los bancos y mucho menos a tasas cercanas a cero, como son las acciones por las que el comprador paga, no cobra. Lógicamente ese comprador paga su participación (share, acción) por los valores de libro y la expectativa de la marcha del negocio según los balances que deben ser transparentes y conocidos públicamente con periodicidad preestablecida. La expectativa juega un rol definitivamente más importante que los valores de libro. Si por alguna razón se cree que la firma dará dividendos, el inversor compra porque desea ser parte de ese éxito, de esa ganancia que será mayor a la que ofrece un Banco que, dicho sea de paso, en estos momentos en el mundo es prácticamente nula.
¿Qué está de por medio? Ese viejo pecado que se llama codicia y el deseo muchas veces concretado de vivir sin trabajar o hacer que otros trabajen para uno. Esto último es la clave del espíritu del inversor, está dispuesto a arriesgar para ganar.
Cuando la tendencia cambia y se cree que no ganará, la gente sale espantada a vender y el valor de ese papel baja a veces con una velocidad sorprendente dejando a la empresa con un valor total tan bajo que a veces es inferior a la cotización de sus activos físicos, edificios, fábricas o lo que sea. Tuvimos el ejemplo del Banco San Juan mixto con participación estatal que se liquidó por una cifra de apenas 11,5 millones de dólares que, aparentaba ser menor al valor de su edificio matriz. Pero era una entidad con gran pasivo y que acarreaba años de pérdidas constantes.
Cuando eso pasa aparece otro problema que es la falta de encaje de esa cifra con las deudas pendientes, lo cual se llama “descalce”. Supongamos que nuestra casa vale 500 mil pesos y hemos tomado crédito hipotecario por una quinta parte, que es bastante razonable. De repente se producen en el barrio una serie de asesinatos que meten miedo y se adquiere la certeza de que nadie querrá comprar ningún inmueble en la zona. ¿Cuánto pasa a valer una casa que nadie comprará? Cero. Pero la hipoteca seguirá vigente ahora sin garantía así que todo lo que hubiera hecho sobre esa base caería en el acto. Lo mismo pasa con las empresas, todas acumulan deudas según su garantía y flujo de fondos, cuando una desaparece y la otra se achica, se produce un vacío que puede llevar a la quiebra.
El problema más serio que padece nuestra provincia en estos días es la caída al abismo de las cotizaciones de las acciones de las mineras. Una combinación de factores en la cual la caída de los precios de las materias primas en general y los metales en particular no son los únicos, ha bajado esos precios a niveles mínimos históricos o aún peores. Por ejemplo, dos años atrás las acciones de Barrick Gold cotizaban entre 40 y 45 dólares cada una y han llegado a valer 7. Otro tanto ocurre con el gigante mundial Glencore que en San Juan tiene la propiedad de Pachón SA: cambios de management y medidas extremas de ajuste interno, reducción de la grasa del sistema como le llamó Iván Glasenberg, ventas de activos, cierre transitorio sin término de todo lo que no garantice efectivo rápido son medidas que no han resultado suficientes para recuperar la confianza de los inversores. Pascua Lama ya fue directamente quitada de los libros y su nombre ha desaparecido de los reportes trimestrales de Barrick a los accionistas. No están exentas del problema Yamana ni Troy, que también han empezado a cortar el pasto cada vez más bajo.
¿Podrá cambiar la situación con una administración nacional nueva? Es lo que todos esperan, pero más que nadie, los gobernadores e intendentes que asumirán el 10 de diciembre.

