El dinero, en sus diversas formas y representaciones nos parece una de las cosas más concretas, pero una vez que reflexionamos sobre sus características, usos y variedades, advertimos que pocas cosas son tan abstractas. Desde ya que, cuando hablamos de plata necesitamos la máxima abstracción de que fue capaz el ser humano, los números. Ahora más que antes, nos manejamos con lo que se denominan ‘numerales‘ y nos desprendemos cada vez con más entusiasmo del billete físico y cada vez cobra más fuerza la ‘bitcoin‘, moneda virtual. No muy atrás en el tiempo, prevalecían otros modos de cuenta para las transacciones, el aceite, el tabaco, la sal, en fin todo elemento que se pudiera fraccionar desde pequeñas a grandes proporciones sirvió. John Kenneth Galbraith, asesor del presidente Kennedy escribió que recién en los últimos años el dólar superó en tiempo la marca previa establecida por el tabaco, como medio de pago o fijación de precios.
Los metales preciosos, principalmente el oro y la plata sirvieron a ese efecto durante siglos y fueron también objeto de falsificaciones. Pero la era del oro terminó cuando en 1971 Richard Nixon, presidente del país más poderoso del planeta y que en consecuencia regía y rige el comercio mundial, decretó que todo billete de dólar, que hasta ese momento se emitía únicamente cuando había la correspondiente cantidad de oro de reserva en Fort Knox, dejaría de tener esa referencia. En palabras del senador Luis León (UCR ya fallecido), desde ese momento el mundo se transformó en un gran casino en que el único país que podía emitir fichas era Estado Unidos.
No estaba lejos de la realidad porque USA se había declarado capaz de emitir billetes a necesidad propia sin que esos billetes debieran tener respaldo alguno. O mejor dicho el único respaldo pasó a ser la confianza. Una cuestión de fe a partir de la cual proclamamos que creemos en lo que nos dice la cara de ese papel artísticamente pintado sin necesidad de pedir la evidencia del número que se nos declara.
Este comentario es oportuno porque en estas semanas están creciendo los depósitos a plazo fijo que, tal cual mostráramos en nuestra entrega anterior, son un voto de confianza a la moneda local. El depositante cree que su dinero será reintegrado al plazo convenido con los intereses ganados. Y así será, porque aquí también luego de la reciente reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, ese organismo se desprendió del compromiso de tener reservas para proteger el valor de nuestro peso, de modo que, dado que puede emitir infinitamente sin violar la ley, siempre estará en condiciones de ofrecer liquidez, es decir, nunca le faltarán aquellos billetes que supieron faltar con la convertibilidad.
Por el contrario, si fuéramos a analizar la situación patrimonial del Central, el banco que nos entrega esos papeles con rostros de próceres, veríamos que la entidad rectora y supervisora de la actuación de todos los bancos tiene patrimonio neto negativo. Más claro, si el Central usara para sí el método que usa para controlar a los demás bancos, se debería clausurar. Además, cuenta en su haber documentos, papeles, que certifican préstamos a un deudor incobrable bajo las actuales condiciones, que es el Estado nacional.
El Estado nacional tiene déficit fiscal, gasta más de lo que recauda y no tiene déficit comercial solo porque impide el ingreso de importaciones y demora los pagos de las importaciones ya hechas. Y le sigue prestando. Es como si cualquiera de nosotros tuviera el privilegio y la suerte de conseguir un acreedor que nos prestara, no le devolviéramos, siguiéramos gastando más de lo que ganamos, volviéramos a pedir, nos volviera a prestar y así sucesivamente.
No somos los únicos, es lo que ha estado pretendiendo Grecia respecto de la Unión Europea y a la negativa o imposición de condiciones de Alemania, responde con acusaciones de imperialismo y otras parecidas. Es lo que también estuvo y permanece haciendo Estados Unidos con incentivos monetarios con el gracioso nombre de ‘quantitativeeasing‘ o su apócope QE 3 (porque ya van por el tercero). La traducción del inglés nos diría ‘facilitación cuantitativa‘ que es el eufemismo moderno de la emisión sin respaldo. Da risa ver el esfuerzo por inventar denominaciones supuestamente técnicas que perfectamente podrían describirse como directas formas de falsificación.
Pero, ¿qué distingue a USA o Alemania de nosotros? Lo mismo que hace que tengamos que pagar una alta sobre tasa de interés por nuestros préstamos internacionales, una menor confianza. Porque de eso se trata, confianza, con fe. Si uno mira los fundamentals de nuestra economía, por ejemplo la relación PBI-deuda, no son tan malos, pero, como hubiera dicho el Negro Olmedo, no nos tienen fe. Volvemos al principio, la moneda actual, tanto sea nuestra o de otros, en sus diversas representaciones, física, plástica, numérica, virtual, cheques, documentos y demás, se llame dólar, euro, yen o yuan, es más que cualquier otra cosa, una cuestión de fe. El problema es que a diferencia de la fe religiosa, que es muy estable, este tipo de fe profana es muy cambiante y se pierde ante la menor desilusión. De ahí que resulte tan difícil evitar y contener las crisis, porque después de haber perdido plata se tarda mucho en recuperar la fe.
