La inflación es un fenómeno regresivo que erosiona directamente en el poder adquisitivo de los salarios. Y el actual aumento de precio de los alimentos además de reducir el salario real, arremete contra el ingreso de aquellos que tienen una mayor propensión marginal a consumir, generando pobreza e indigencia. Una inflación de alimentos encarece el precio de los bienes básicos, que representan generalmente la totalidad del consumo de las clases de ingresos más bajos. La harina, por ejemplo, es un insumo fundamental para la elaboración de muchos otros alimentos esenciales. Por ende, un aumento del precio de la harina se traslada directamente al resto de la canasta. Si bien el Gobierno ha logrado contener el precio de la harina en góndola, no así el incremento de precios de los productos que la utilizan como insumo: El precio de la harina aumentó un 12,7% pero el del pan mignon alcanzó un 438%, el pan lactal un 70%, la docena de facturas un 61%, y las galletitas de agua un 159% entre enero de 2010 y julio de 2011.