Hace 33 años Carlos Sánchez fabricó y voló su primer avión ultraliviano, a motor; un modelo que luego produjo industrialmente y comercializó en Aerocuyo, una fábrica sanjuanina poco conocida. Hoy, a los 63 años, este hombre sigue diseñando y armando modelos experimentales en su finca de 6 hectáreas en Colonia Rodas, Rawson; y los vende a compradores particulares que, como él, sienten una atracción ‘inexplicable’ por los aviones.
Con nuevos modelos y tecnología, lo que hace Sánchez hoy a pequeña escala es la única actividad que sobrevive de una industria que vivió años de esplendor en San Juan entre las décadas del ‘70 y ‘80 con la fábrica Chincul (ver abajo). Carlos se crió entre los kits de aeromodelismo y los vuelos libres (en planeadores) que realizaba su padre, Harlington Sánchez. La fascinación por los vuelos lo llevó primero a armar aviones pequeños, a escala de los verdaderos, como un hobbie. Por muchos años en su juventud se ganó la vida fabricando kits de aeromodelismo que vendía a distintos distribuidores del país. ‘Fabricaba el avión completo, y algunos salían con los motores y las radios instaladas. Los vendía en dólares y a veces hacía de a 50, entonces se ganaba plata’, recordó. Pero su sueño era arma su avión propio, para subirse y volar. ‘Cuando uno es aeromodelista de toda la vida, lo lógico es hacer su propio avión’, dijo. La oportunidad se presentó a fines de los ‘70, cuando viajó a Buenos Aires y compró los planos de unos aviones que habían sido campeones americanos. ‘El que más me gustaba tenía dos motores que empujaban en vez de tirar. Yo decidí hacerme uno así, pero de un solo motor. Cambié la posición del motor y le hice otro fuselaje, construí un monoplaza a la alta, de color negro’. Lo gracioso es que cuando lo armó no sabía volar, por lo que tuvo que tomar tres meses de práctica en el aeropuerto Las Chacritas. ‘Luego el director de Aeronáutica me dio unas horas de instrucción en un biplaza y a los 15 días estaba haciendo propaganda con aviones en Jáchal’, agregó. Desde entonces Sánchez ya no paró de volar y se sube a un ultraliviano como quien lo hace con su bicicleta. Pero en 1979 no tenía plata para fabricar aviones. ‘Un conocido, Antonio Sanguedolce, se arriesgó y puso el dinero para fabricar el avión. Yo puse las ganas y el construirlo, y él siguió poniendo el dinero para fabricarlos. Así nació la fábrica Aerocuyo, que salió en folletos y revistas de todo el país. En el año y medio que duró la sociedad hicimos monoplazas y biplazas’, recordó. Al año y medio la fábrica se disolvió, pero Sánchez continuó armando avioncitos para modelismo y algún que otro ultraliviano hecho por encargo, en un galpón que abrió en Chimbas. Con los años la fábrica se trasladó a la finca en Colonia Rodas donde además hizo una pista de 330 metros para volar con comodidad y donde hicieron su casa sus cinco hijos. Sus días transcurren con las juntadas de fin de semana de los aeromodelistas del club Hangar del Oeste, que formó su hermano Jorge, y en el taller armando aviones experimentales a pedido. El año pasado hizo 4 que vendió a privados, con motores de 52 caballos que ocupan 20 litros de nafta y vuelan a 110 km por hora. Ahora está construyendo dos Piper J3 al 85% del tamaño original, que le encargaron un dentista y un integrante del aeroclub. Llevarán motores de 60 caballos que van a gastar 8 litros de nafta por hora. ‘Y estoy diseñando aviones espías, más chicos, que se manejan por computadora’, agregó.

