Quiero decirte que no olvido que hace poco estuve pasando unos días en tu casa del barrio Huazihul.
Debo corregir (los recuerdos gratos parecen cercanos): hace muchos años estuve pasando unos días en tu casa del barrio Huazihul, entrañable tía Tita.
Tendría yo unos diez o doce años; me mimaste, me hiciste sentir más niño de lo que era, me arropaste en la cama, me preparaste berenjenas aliñadas y un café con leche incomparable, fui feliz esos días en tu casa.
Sé que el tiempo es implacable; que todo lo transformó, que un día te puso mal; que te inclinaste abatida y más que triste sobre tu silla.
Parece que no querías seguir; entonces decidieron mimarte como me mimaste aquellos rojos días de veranos, de fogatas y carnavales fragantes de albahaca, cuando correteaba junto al canal y jugaba a la pelota en la canchita de enfrente, con los chicos de tu barrio.
Vuelvo a aquellos tiempos. No sé qué pasa hoy por tu cabeza cansada cuando casi no pronuncias palabras, vos que hace tan poquito eras sol, titiritero, fresco ramalazo de renovada vida.
No sé si en tu mutismo interrumpido de lágrimas encuentras nuestra niñez, -¿te acuerdas?- cuando te disfrazabas de cualquier cosa para significar los sueños de tus hijos y sobrinos, cuando empuñabas la palabra fácil y lúcida para hacernos reír, cuando te acompañaba a cortar choclos al fondo y al anochecer volvíamos con nuestros padres a casa repletos de la magia de tu humor de pétalo y colombina?
No olvido que tu esposo, mi tío Juan Carlos, fabricaba en forma casera, en a pileta del lavadero la tinta “Escolar”, y salía a venderla en su vieja chata Ford T. Veo clarito la pileta repleta de azules ilusiones de sustento, en un cajón cientos de tinteros y en una caja de zapatos las etiquetas de un sueño enderezado a pupitres de aquellas escuelas.
Quiero decirte, tía Tita, que no me animé a verte envejecida, agotada. Se me iban a caer muchas cosas, se me iba a pocear aquella callejita añosa del barrio Huazihul, se me iba a torcer la ilusión de un pasado lozano donde he registrado mis raíces, y hoy no está el horno para bollos, para arriesgar fragancias que supimos conseguir.
La vida es bálsamo y derrumbe; entonces no hay otra forma de existir que acurrucado en lo deleitable para soportar dolores, sabios presagios del “Adán Buenos Aires” de Leopoldo Marechal: que “al encanto de un domingo de dicha le aseche la sombra de un lunes amenazador”.
Vivir es amar, a pesar de y por sobre las penas, mágico boomerang de luces y tinieblas; y no quiero, tía Tita, que te me quedes, chiquita y frágil, derrumbada y gris, en este costado azul del corazón, territorio de flores silvestres y perfume de pan recién horneado, de fábulas empujadas por la fuerza de tus pequeños brazos; te quiero en flor en las venas de mi historia, para vivir muy cerquita de la felicidad.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete