Por supuesto, uno de los riesgos más graves a los que se expone nuestra época, es el divorcio entre finanzas y moral, entre lazos y ética. Realmente estamos cosechando tantas precariedades que, a veces la vida, cuesta embellecerse con ella, puesto que son las relaciones con las personas lo que da lucidez a nuestro acontecer diario. En este sentido, hemos injertado al vínculo conyugal la fiebre de lo inseguro, la locura del odio, lo efímero y lo frágiles que somos. Por desdicha, aún no hemos aprendido a amarnos cuando ya estamos aborreciendo nuestras propias raíces, que están en nuestros predecesores queramos o no, puesto que por ellos hemos venido al mundo. Por consiguiente, pienso que jamás hay que tener miedo a donarse, a amar con un corazón abierto y comprensivo, a vivir amando. Desde luego, hay que aceptar el reto del amor como algo físico, porque el amor es nuestro sustento, nuestra razón de caminantes, nuestro sentimiento más profundo. El matrimonio, en cambio, es más química.

Todos los problemas germinan de un mismo tronco, de una misma raíz; la del miedo, que desaparece cuando verdaderamente se ama; pero el amor nos da recelo porque nadie se fía de nadie. Bajo esta precariedad de malicias, en ocasiones servidas en bandeja de plata, se constata en todos los continentes y en cualquier ambiente social, una cultura que nos repudia como seres humanos. Sin duda, esta sociedad es más inconsistente que nunca, lo que ha puesto en peligro incluso el esfuerzo educativo. Naturalmente hoy sabemos más que en otros tiempos, pero no por ello somos más felices. Esta es la auténtica verdad. ¿Cuántas veces nos quieren convencer de que el divorcio es la única salida a una crisis matrimonial? Es lo propio de esta mundanidad que nos acorrala con su dictamen de absurdas normas. No importa una vida compartida. La mentalidad divorcista es tan fuerte que todo se deriva en drama. Con demasiada repetición, los cónyuges se rinden sin luchar por algo que les pertenece, pero es que la sociedad no les deja pensar ni para que luchen, y con las primeras dificultades todo se derrumba en la nada.

Nadie me negará que el divorcio es otro de los negocios actuales, por cierto uno de los más rentables. La desunión la hemos convertido en una decisión jurídica sin más, de pelea de gallos hasta matarse si es preciso. Las modas son así de crueles y tozudas. Lo que es un problema de relación que tal vez podría reconstruirse, se destruye sin más, judicializándolo al máximo. Los costes son particularmente elevados para todos, incluso para la misma sociedad que continúa aborregándose, permitiendo pasivamente el desmembramiento de tantas familias. La idea de que la entrega recíproca de los esposos hasta la muerte es posible, no interesa a esta sociedad que repela el compromiso, que trivializa con el sexo, que juega con los sentimientos a través de una falsa concepción de la libertad. Asistimos, además, a la invasión del goce de una independencia atroz, de un individualismo radical, a un desprecio del ser humano en definitiva. Con frecuencia somos piedras que no ablandamos y hasta llegamos a desechar, del propio corazón, al que un día le dijimos que le amábamos. Es la incoherencia de una tribu alocada, sumida en estilos de modas, de telenovelas que ponen en tela de juicio el valor del vinculo matrimonial, como si fuese cosa de antiguos. Alguna vez he leído que lo más razonable que se ha dicho sobre el matrimonio, es que hagas lo que hagas te arrepentirás. Partiendo de estos pensamientos que están ahí, en la propia calle, difícilmente se puede hablar de entrega generosa, fiel y permanente.