De reciente aparición, el libro ‘Vida. De Caín al Califato: hacia un mundo sin pena de muerte’, de Mario Marazziti, ha ganado la simpatía de tantos lectores preocupados por este tema. Es un esfuerzo editorial de Francesco Mondadori, Milán, y consta de 253 páginas. El autor es un miembro activo de la famosa Comunidad de San Egidio, que tiene a su cabeza al historiador Andrea Riccardi, hasta hace poco Ministro de la República Italiana.

El texto no deja de entretejer datos escalofriantes con reflexiones teóricas puntuales en torno a lo que el Papa Francisco considera un castigo brutal e innecesario. La mención al Obispo de Roma no es casual, pues el libro afronta la delicada cuestión de cómo influye lo religioso en este tema, incluso en países donde pareciera que lo ‘razonable” es el único canon, como sucede en algunas partes de los Estados Unidos.

Todos sabemos que el gran riesgo en esto es la actitud del fundamentalismo, que hace una incorrecta hermenéutica de los textos sagrados. Aún queda mucho camino por andar en países musulmanes, como Irán e Irak, donde al menos se ejecutan 85 personas al año. No musulmanes pero aún en retroceso respecto al valor intangibilidad de la vida es China. Es el país con mayor número de sentencias capitales. No menos de 5000 al año. Aunque sólo se ejecute la mitad o menos.

Los discursos de Juan Pablo II, desde 1998, van en dirección contraria a la aplicación de la pena capital, en la línea de una coherente tutela integral de la sacralidad de la vida. Fue célebre su discurso en Saint Louis en 1998, pidiendo abrogar definitivamente la pena en cuestión. Toda vida humana es ‘intengible’, por el sólo hecho de existir. Es una sensibilidad más acorde a los valores del evangelio, porque la misericordia es ‘ontológicamente’ superior a la fría justicia.

Pero Francisco ha ido más allá. Ha pedido la total abolición de la pena capital. Y en el contexto de este año jubilar de la misericordia, ha solicitado a todos los ámbitos cristianos, que al menos por este año haya una moratoria de aplicación. Idea llena de coraje, y a la vez de corazón de padre. El ejemplo del evangelio de Juan 8, 10ss. en el que la mujer adúltera fue perdonada de su adulterio, significa que fue reinsertada en la sociedad. Para Francisco, este es un ‘lugar’ bíblico importante, pues invita al perdón y la conversión, a una nueva vida bajo el signo de la misericordia.

Volviendo al libro de Marazziti, no faltan evocaciones históricas y bíblicas, y llega a exponer casos de nuestros días, en los que la sentencia capital, de haber sido aplicada, hubiese significado un grave error. Como el caso de Ray Krone, liberado del yugo de la muerte de Tucson, Arizona. Allí sufrió la cárcel durante 10 años y declarado finalmente inocente. Error judicial, pero que alguien sin culpa pagó con creces.

No puede ningún texto que hable de este tema, olvidar el valiente Cesare Beccaria, quien escribió en 1764 el famoso ‘De los delitos y las penas’, e inició el largo camino abolicionista que aún hoy estamos transitando. El fue el primero que en edad moderna tildó a la pena capital como ‘cruel e innecesaria’.

El libro ‘Vida. De Caín al Califato’, cuenta con una muy favorable recensión del cardenal Gianfranco Ravasi, quien fuera prefecto de la Biblioteca Ambrosiana, fundada en 1507 por Federico Borromeo. Precisamente allí se encuentra alojado el primer texto de Cesare Beccaria.

La Misericordia es el amor después del pecado. De esto se trata pues: de mostrar el rostro magnánimo de la bondad que espera y confía en la conversión personal. Incluso de los condenados al patíbulo.