Con las experiencias del entendimiento y la razón, el pensamiento y el alma, lo extrasensorial y la intuición, el valor y los principios, la moral o conciencia de conducta, ingresamos al mundo espiritual. ¿Quién pudiera afirmar que en la historia de la humanidad se avanzó más en lo espiritual que en lo material?

El mundo de la ciencia positiva ha querido justificar -o al menos explicar desde lo fáctico- que cualquier fenómeno relativo a la vida y sus manifestaciones, desde sus orígenes hasta su término, se debe a la evolución de los aminoácidos (primeras moléculas que componen la vida) y que como componentes de las proteínas (compuestos nitrogenados de los organismos vivos), dieron lugar a distintos tipos de seres vivientes que en su último estadio en el que alcanzan la muerte o absoluta extinción, ésta, va a sobrevenir nada más y nada menos por la inevitable dependencia a la materia misma.

Es inobjetable la discrepancia que existe hasta la misma oposición y negación de la dimensión del mundo espiritual por escépticos y materialistas respecto de humanistas y religiosos. Tal objeción se manifiesta en múltiples aspectos de las vivencias o creencias que sostienen. Entre ellas se destacan la concepción de que la vida termina indefectiblemente y siempre con la desaparición de la persona y con ella, el "alma”, también muere. La otra posición afirma que es imposible tener experiencias religiosas vinculadas a Dios para confirmar su existencia, o bien, que el hecho de alcanzar la "fe” se deba a que un "particular estado de gracia” se infunde en la persona.

Lo cierto es que hay una sola cuestión central; o todo es casualidad y está determinado o de lo contrario existe un propósito. Por consiguiente nos preguntamos: Las leyes naturales, ¿dominan la conciencia del hombre? o ¿es el hombre el que domina la conciencia? Quizás peor aún: ¿existe tal conciencia? Lo espiritual no puede esperar, tiene que ser vivido inmediatamente, por ejemplo: si uno tiene que arrepentirse, hacerlo en el instante, no dejarlo para después. Siempre hay que asumir los hechos presentes y latentes, para no equivocarse, porque ahí está el progreso espiritual.

Dar un significado a nuestra conducta implica considerar que se vive con la convicción o la certeza del proceder, para ser mejores cada día, resignar deseos para con los demás, superarnos a nosotros mismos.