Aunque nadie lo diga o haya publicado, es algo que está en la cabeza de todos. En el año 2000, Ethan Hunt, el héroe de la IMF (Imposible Mission Force, curiosamente la misma sigla en inglés del FMI), recibe el encargo de evitar que el virus Chimera (Quimera) pase a manos de unos delincuentes que pretenderían chantajear al mundo. El virus de diseño había sido creado al mismo tiempo que su antídoto, Belerofonte, que se comercializaría después de haber provocado el suficiente pánico en la población con gran ganancia para la industria farmacéutica. Rara pero precisa coincidencia, años más tarde cuando atacó la gripe aviar, cuya vacuna estuvo rápida y oportuna pese a que todos sabemos que son procesos largos, búsqueda y aislamiento de un organismo microscópico, pruebas casi al tanteo hasta que, con bastante suerte, salta la solución. Luego de que el director John Woo se luciera en esa excelente película de acción, en 2012 se estrenó Contagion (Contagio), muy bien relatada por el realizador Steven Sodenberg y con elenco de grandes estrellas destacando Wyneth Paltrow, Matt Damon y Kate Winslet. Ese film coincide casi totalmente con la situación actual, todo comienza en China y los villanos son murciélagos cuya enfermedad es transmitida a cerdos de una factoría, de ahí a un operario y del operario a la protagonista Paltrow en el llamado Día 1. En esa historia hay dos cosas interesantes: la prolija demostración de cómo puede reproducirse la enfermedad con solo pasar por un par de aeropuertos de gran circulación, con Shanghai, Atlanta y Londres ya se cubre más de medio planeta y la hipótesis militar de que una guerra biológica no requiere más que algunos voluntarios que, al modo de los viejos Kamikaze y los modernos jihadistas islámicos, se presten a pasearse por casinos, aeropuertos y centros de compra en algunas decenas de ciudades. Dejando de lado la ficción, que, a no olvidarlo, siempre debe tener un alto porcentaje de realismo para ser creíble, uno puede asegurar que el coronavirus matará mucha más gente por caída de la economía que por influencia directa. No es una suposición, ya ha pasado otras veces.
No habrá hambre, pero sí en los nativos de países que proveen bienes y servicios.
Las proyecciones que están circulando anticipan la mayor catástrofe en lo que va del siglo superando a la caída de Lehman Brothers en USA en 2008, que desató la huida de inversores de las acciones, que son las que financian a las empresas, y el refugio en bienes tangibles como el oro y las materias primas. Por temor e incertidumbre, la gente prefería comprar futuros de soja antes que acciones de petroleras, intuyendo que el oro negro se utilizaría menos mientras durara la crisis. ¿Se imaginan ahora que se paralizará casi totalmente el turismo al arranque de la temporada alta en el hemisferio norte? Ciudades cuyo principal ingreso proviene de esa fuente como Barcelona, París, Roma, New York perderán el año. No se llegará a los extremos del siglo XIX cuando, por ejemplo en Irlanda, entre 1845 y 1849, se redujo el 25% de la población por la llamada hambruna de la papa, una peste que atacó al tubérculo convertido para esa época en el principal alimento de los pobres. Más de un millón de muertes y millón y medio de emigrados. La papa es, al día de hoy, el quinto alimento más consumido en el planeta, luego del trigo, el arroz, el maíz y el azúcar. Hoy tenemos la ventaja de poder trabajar a distancia en las actividades llamadas "blandas", aquellas que no requieren la fuerza física o el trabajo personal, pero las "duras" seguirán siendo mayoría mientras la robótica no avance como para hacerse barata y popular. En Europa han cerrado todas las clases presenciales en las universidades y centros educativos pero la tarea continúa por internet, entre nosotros, si bien no estamos tan avanzados en la conectividad y no todos tienen compu en la casa, es mucho lo que se puede hacer, compras de todo tipo y cantidad, pagos, cobranzas por transferencia, envíos a domicilio y notificaciones por e mail o Whatsapp, teleconferencias al teléfono celular por Facetime, contacto con familiares y hasta ver a River ganar por 8 a 0 sin ir a la cancha. Hasta el momento se registran algo más de 5 mil muertes en el mundo y en todos los continentes, pero esto recién empieza. Si todo quedara ahí, muchas más muertes se registran por causas evitables, pero eso no se sabe por ahora. No obstante, la mayor peste ha sido el propio ser humano, Mao en la China comunista mató por hambre o ejecución directa a más de 100 millones de sus propios hermanos (él declaró estar dispuesto a eliminar a la mitad de sus compatriotas, para aquellos años hubieran sido unos 300 millones). El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural fueron las justificaciones. Algo parecido hizo Stalin cuando pretendió hacer más eficiente la producción del agro y expropió los campos a sus dueños causando su muerte en la llamada colectivización de la granja y la de otros por disminución de las cosechas. El caso más conocido ha sido Hitler con 6 millones de judíos directamente incinerados en campos de concentración. Esos líderes prefirieron sostener sus ideas sin importar el costo humano. Hoy parece ocurrir lo mismo. Suena casi ridículo que se combata una plaga por mala que sea a la vez que el gobierno alienta un proyecto de aborto, es decir, el exterminio voluntario y programado de gran parte de la población futura. Se aconseja cómo sobrevivir a los mayores de 65 años y al mismo tiempo se promueve eliminar por ley a los indefensos no nacidos. La ley, que el Ejecutivo no se anima a enviar por miedo a volver a perder en el Senado, sería la sentencia previa de muerte a millones de nuevos argentinitos/as constituyendo un genocidio (aquí el término tiene aplicación estricta) del que serían cómplices todos quienes levantaren la mano. No existiría duda sobre la cantidad final de afectados como en una pandemia, la cuenta se podría llevar a priori y, sí, sería algo más higiénico aunque también más hipócrita.
