La mujer entró al aula con furia, se paró frente al docente, se bajó el pantalón negro que traía puesto, y adelante de todos los compañeros de su hijo, le dijo al profesor, "Tomá, que vas a cag… a mi hijo…". Segundo ejemplo: la chica de repente se vuelve popular entre sus coetáneos luego de que el video donde se la ve revolcándose a las trompadas con otra niña, se viralizara en las redes sociales. Obvio, está "re-contenta" con esa repercusión, escribió textual en su muro de Facebook. Tercer ejemplo: el niño ahora es "respetado" por sus compañeros porque amenazó a un profesor que, sin ganas de arriesgar una rotura en su auto, decidió renunciar a un CAJ (Centros de Actividades Juveniles), luego de que el menor en cuestión le advirtiera que un "vidrio de ese Peugeot tan bonito se puede romper, ¿me entiende?". Como estos casos -poco precisos, pero reales y locales- ocurre cada vez más seguido en las escuelas de San Juan y el resto del país. Hace poco tiempo la ministra de Educación de la provincia, Alicia García de García, dijo que "expulsión no hay, porque los alumnos tienen que estar incluidos en las escuelas. Es la obligación que tenemos como adultos y como autoridades. Es el derecho de los chicos también. Se trata de mejorar la convivencia de ellos y aprendan a convivir…". Más clarito, imposible. En contraste a esa afirmación, este diario publicó hace poco un informe con cifras elaboradas en el mismo Ministerio que maneja la docente, donde se reveló que en cuatro años se ha cuadruplicado la cantidad de casos de violencia escolar en San Juan. Al menos en la raíz del concepto de la funcionaria, este cronista está de acuerdo, porque somos los adultos los que nos tenemos que hacernos cargo de los errores de nuestros menores y no parece una buena idea aislar a un chico de su entorno porque otros adultos no le enseñaron límites. Pero también es real que la cantidad de casos se ha incrementado y que los maestros piden a gritos herramientas más directas. Está bien, no echemos a ningún alumno, pero mientras tanto, ¿qué hacemos? El Ministerio ya tomó una decisión política, ahora es tiempo de sostenerla y de cerrar el abismo que existe entre esa decisión y el día a día.
De acuerdo a cifras oficiales, hubo un alarmante crecimiento de denuncias por hechos violentos en las escuelas o alrededor de ellas, pero siempre protagonizados por distintos actores de la comunidad escolar. En este año ya se registran al menos 20 situaciones denunciadas. Y en 2010 se verificaron sólo 5. Hay casos llamativamente violentos como el del alumno que le dio un ladrillazo en la cabeza a otro en 9 de Julio, situación que llamó la atención hasta del ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni. Como se sabe, el sistema de amonestaciones que antiguamente se utilizaba se eliminó y a cambio se desarrollaron distintos programas para ayudar a los docentes y directivos de escuelas a "combatir" o prevenir hechos de violencia. Irma María Bracco, directora de Gabinetes Técnicos Interdisciplinarios del Ministerio de Educación, los enumeró: Convivencia Escolar, que apunta a trabajar con los acuerdos escolares de convivencia; Mediación Escolar, que trabaja con alumnos en la escuela; una Guía Federal de Orientaciones, que se usa para la intervención en situaciones complejas y el Programa familia-escuela que intenta "recobrar la alianza" entre las instituciones para la contención de los chicos. Y los poco populares gabinetes interdisciplinarios, que hoy atraviesan una situación más que riesgosa: en el mismo informe donde este diario dio a conocer los datos del incremento de denuncias por violencia escolar, Sonia Tenorio, una profesional que trabaja en Educación, brindó un durísimo pantallazo de las deficiencias del Ejecutivo para sostener los gabinetes: "Hace unos 15 años que no se nombra personal nuevo para las escuelas públicas, siendo que aumentó la cantidad de casos denunciados y la cantidad de escuelas. Es decir, que desde la calidad, los gabinetes trabajan bien, pero hay déficit de cantidad. Y si bien no significa que por la presencia de un gabinete los casos no existan, sí son necesarios para trabajar en prevención y para ayudar a resolver los problemas sin violencia". Hace 15 años habían 154.646 alumnos, hoy ese número se elevó a 188.440; es decir, unos 33.794 alumnos más para atender con los mismos empleados. Para resumir: el éxito de los programas que enumeró Bracco se afirma en la capacidad de los maestros para interceder en los conflictos, y apela a la predisposición que puedan tener los actores para solucionar las diferencias. Sin las amonestaciones que antiguamente se usaban, y sin un sistema de sanciones claro, los maestros sienten que no tienen cómo obligar a los alumnos o los padres de ellos a trabajar en pos de una solución pacífica a los problemas de violencia escolar. Los profesores, más que otros, están muy molestos con esta situación y están dispuestos a denunciarla en el lugar que sea, aseguran desde entidades gremiales.
A su vez, la expulsión no parece ser una solución, porque se corre con el riesgo de que el alumno, al ser trasladado, no quiera volver a estudiar y, en el caso de los secundarios, donde se produce la mayor cantidad de casos de violencia escolar, San Juan no anda muy bien que digamos en la dura tarea de mantener a los adolescentes dentro de las aulas: según datos oficiales hasta el año 2010 (los últimos disponibles) los chicos de escuelas secundarias son los de menor tasa de escolarización, 78,6% cuando a nivel nacional esa variable está sobre el 88,3%. Es decir, hay una diferencia de casi 10 puntos entre la escolarización de chicos de 15 a 17 años de San Juan con el promedio del país entero. Mucho. En el resto de las edades la situación varía para bien: 12-14 años, 95,9%; 6-11 años, 98,9%; 5 años, 87,4%; y 3-4 años, 32,3%, que está a tono con lo que ocurre en el resto del país e, incluso del continente, donde Argentina en los últimos años ha logrado colocarse en el podio de los países con mayor escolarización.
Los tres casos que se describen al comienzo de esta nota son reales. Uno de ellos, el primero, ocurrió hace pocos días en la escuela Jorge Luis Borges de Chimbas, y vale la pena ampliarlo porque puede ser la respuesta de por qué algunos chicos son tan violentos: un profesor, cuyo nombre se protege a pedido de la fuente que relató los hechos, le reclamó a un alumno adolescente suyo el robo de su teléfono celular. El chico respondió admitiendo el caso, pero muy lejos de pedir disculpas o dejarse ver compungido, respondió casi mofándose del docente y hasta orgulloso de lo que había hecho. El profesor, cansado de ese tipo de situaciones con el mismo actor, volvió a reclamarle, pero con un tono de mayor fuerza. El menor se sintió ofendido y le contó a su madre lo que había ocurrido. Al día siguiente la mujer fue a la Escuela, entró sin pedir autorización, insultó a la directora, a las porteras y a cuanta persona se le puso en el camino, se metió a los empujones al aula donde también estaba su hijo, se bajó el pantalón y le gritó al maestro que iba a denunciar el caso en el Ministerio de Educación, más las palabras y señales que ya se describen en el encabezado de esta nota y que no vale la pena reiterar. En definitiva, ¿se puede esperar algo más de ese chico? No, definitivamente, no. El muchacho robó y se ufanó de haberlo hecho porque, entre otras cosas, tiene una madre que es capaz de bajarse el pantalón en público y hacer lo que hizo. Seguro, si se revisa caso por caso, detrás de cada niño violento hay una historia parecida. Según datos del Ministerio de Educación, en las escuelas de menores recursos se ven estas escenas, y en donde hay gente de mayor poder económico ocurren estas situaciones y muchas otras más violentas como el acoso verbal y bullying, por ejemplo. Es decir, nada tiene que ver que el caso haya ocurrido en una Escuela de Chimbas. Pasa en todos los niveles.
Para finalizar, la decisión de la ministra de Educación está a tono con lo que se viene haciendo a nivel nacional. Esto de la contención, la integración, el diálogo, la no discriminación, definiciones con las que este cronista está del todo de acuerdo. Aparentemente es decisión política de ese Ministerio y del Gobierno de San Juan ir por esa misma variante, algo que, se insiste, no está mal. Lo que está pésimo es el trabajo que se hace para reemplazar el viejo sistema. Es decir, si no hay que amonestar porque el alumno se siente discriminado o desplazado y eso ofende su integridad o complica su desarrollo, habría que establecer un programa por el que el alumno no se sienta de esa forma, pero tampoco libre de hacer lo que quiera. Los chicos deben sentir que tienen que seguir reglas de convivencia, deben volver a respetar al docente como persona que está formándolo, no hay otra manera. Los docentes sienten que no tienen esas herramientas hoy, y se sienten desamparados. Ojalá en el Ministerio de Educación tome en serio esta problemática, porque es mucho más frecuente de lo que se cree y los maestros están apabullados. No está mal la idea de la no exclusión, pero entre eso y lo ideal hay un abismo lleno de obediencia política.
