En este inicio del ciclo escolar todas las miradas están puestas en la puja salarial de los docentes con el Gobierno, pero no debe olvidarse un problema que se vienen manifestando desde hace algunos años, como es la creciente agresividad y violencia por parte de los alumnos. El tema preocupa a los padres y también debería ser prioritario para las autoridades y educadores.
Numerosos estudios determinan que los conflictos que generalmente se suscitan en las escuelas, responden a que en las aulas convergen alumnos con diversos intereses, niveles de madurez y trasfondos familiares y sociales. Si todas esas variables no son debidamente interpretadas, se generan comportamientos violentos que a lo largo del año ocasionan muchos inconvenientes.
Los términos agresividad y violencia se usan indistintamente, sin embargo hay que tener en claro que el primero implica la voluntad de causar daño, mientras que la violencia es la parte patológica de la agresividad, que lleva a un estado generalizado de agresión crónica. En tanto estas manifestaciones se den en el ámbito escolar corresponde al docente, en función a su figura de autoridad, intervenir en su solución. Adoptar una actitud pasiva e indiferente puede llegar a anular los objetivos de aprendizaje.
Investigaciones en el campo educativo han llegado a la conclusión de que ante los casos que derivan en violencia escolar de los alumnos se impone un cambio de actitud en el docente en aspectos como la respetabilidad, en el trato a sus semejantes; la integridad, basada en el valor de la rectitud; el reconocimiento de tener o no tener a su alcance la solución del problema, y la capacidad de diseñar clases que capten el interés de los alumnos. Es decir que la resolución de los casos de agresividad y violencia en la escuela dependerá de la preparación y del talento del docente.
Pero también se precisa de un cambio de actitud y actuación por parte del alumno y en esto no puede estar ausente la intervención de los padres, aunque los conflictos se susciten en las escuelas. Son ellos los que deben contribuir con consejos y ejemplos de comportamiento, para evitar que la violencia gane terreno.
De producirse este cambio por parte de los dos principales actores del proceso educativo, se alcanzará el logro más valioso que el ejercicio de la docencia puede ofrecer: formar ciudadanos íntegros que no sean violentos y que estén dispuestos a formar parte de una sociedad en la que predomine la comprensión, el diálogo y el uso de la razón por sobre las actitudes agresivas.
