Curioso destino el de Julio Verne. Cuando empezó a escribir, los editores rechazaron sus manuscritos iniciales y no advirtieron ningún mérito a esos primeros esfuerzos creadores. Pero la casualidad quiso que un editor reconociera su pasión literaria y le pidió que escribiera novelas de aventuras a cambio de un modesto sueldo. Verne aceptó este ofrecimiento y se hundió en un mundo de papel y tinta. Pero la aparición de sus primeros libros demostró otra cosa. Rompió abiertamente con una tradición que había hecho de las capas, las espadas y los invencibles espadachines de turno, simples lugares comunes de la ficción: el escenario donde se desarrollaban sus historias, eran las selvas desconocidas, las profundidades nunca visitadas de los océanos, los misterios insondables de la estratósfera y, por supuesto, la Luna. Los rasgos más fáciles que documentaban sus novelas, eran lo insólito. Sus contemporáneos se asombraron. Lo que Verne estaba redactando no eran meras aventuras para entretener el ocio de sus lectores, sino verdaderas profecías y anuncios para el porvenir.
En realidad se estaba delante de un augur antes que un novelista, de un visionario antes que un escritor. La gente de su época no lo sabía, claro, tampoco quienes vivieron después, por eso no debe sorprender que su obra fuera relegada a las bibliotecas infantiles y que se relevara a los adolescentes la fantasía de su mundo.
Pero la realidad imita al arte más de lo que parece. El siglo veinte enarboló hazañas submarinas, alimentó investigaciones en el fondo de los mares, se cubrió del estrépito de explosivos poderosos, celebró la conquista del espacio exterior a través de cápsulas y cosmonautas. En otras palabras el siglo veinte empezó a parecerse a la imaginación de Verne, arrebató a sus novelas los supuestos dones fantásticos y convirtió la ficción en noticia, en cable que se trepa a la primera plana de los diarios. Pero el destino del escritor francés seguía siendo más que curioso. Sus méritos no se limitaban al hecho de que fuera el primer cosmonauta en el papel; tenía que ser algo más que un mero novelista de aventuras.
Tras el reconocimiento de su condición de profeta o de augur, asomó otro reconocimiento: el de escritor; es decir la grandeza de un autor que con papel y tinta puede adelantarse a la realidad, describirla, soñarla y hasta vencerla al solo imperio de su genio. Se produjo entonces, una paradoja: el Julio Verne de los días infantiles y de las bibliotecas de la niñez, empezó a ser leído en serio.
Desde Michel Butor hasta Julio Cortázar, sobran los estudios que revisan sus libros, escudriñan su estilo, auscultan sus técnicas de narración, y que se permitió el lujo de ser un historiador al revés, es decir, un historiador del futuro.
Para la anécdota queda la comprobación de que Julio Verne viajó muy poco. En realidad no siempre es necesario visitar aduanas para describir la realidad de fondo, y a Verne le bastó con viajar por el papel, con el único equipaje que contaba: el de su imaginación.
Este es el siglo de las revisiones y hasta "’Caperucita Roja” o "’Alicia en el país de las maravillas”, son hoy, algo más que relatos infantiles.
Los vuelos espaciales ayudaron a crecer a Verne y a que se reconociera su verdadera estatura: la de profeta y visionario. Con estas condiciones y cualidades no nos vendría mal, según están las cosas un personaje como el descrito.
(*) Escritor.
