En la opinión de la mayoría de los expertos en educación, el problema de la falta de valores que se observa entre los alumnos es uno de los factores que inciden negativamente en el proceso de enseñanza actual. Lo ven como un obstáculo al momento de impartir pautas de convivencia y de comportamiento social, como también de los demás conocimientos previstos en los distintos planes de enseñanza.

Solucionar este inconveniente es un desafío que no resulta nada sencillo por la complejidad que representa y, fundamentalmente, por la falta de apoyo que los docentes reciben de los padres, en una tarea que los debería tener a ellos como principales interesados en resolverla.

El caso del profesor mendocino que hace unos días fue brutalmente agredido por el padre de una alumna del instituto en el que dicta clases, por haberla aplazado en una materia, es un claro ejemplo de la errónea actitud que suelen asumir los progenitores que no distinguen qué es lo más conveniente para sus hijos.

Contrariamente a lo que ocurría hace unas décadas, la mayoría de los padres difícilmente salgan a reprender a sus hijos cuando un docente le llama la atención y, por el contrario, lo más probable es que denuncien o, como en el caso citado, agredan al docente. Este tipo de actitudes son observadas por los hijos, quienes aprovechan la posición que asumen sus mayores para desafiar el sistema educativo y a las personas que forman parte de él.

Cambiar la actitud de los padres es una tarea que, aunque parezca imposible, hay que encararla decididamente, ya que es la única forma de romper un círculo vicioso que está afectado seriamente a la educación.