"Es la emisora sanjuanina modelo de radios y de profesionales que interpreta lúcidamente la vida y sabe envejecer por su maravillosa experiencia. Como los sabios. Pero sin dejar de admitir "errores y virtudes, como la gente’.”
Poetisa de las ondas que cabalgan el Zonda, Radio Colón hilvanó la historia de los sanjuaninos por el aire de Cuyo 80 veces 12 meses, sin perderse nunca en los oídos de sus oyentes. Tocó con su voz el rostro del poder despótico y buscó desmoronar los castillos del miedo en los ’70 y principios de los ’80, rescatando, siempre que fue posible en medio de lo imposible, el alma de la libertad. Eran pocas las emisoras de radio o televisión del país que se atrevían a navegar esas esperanzadoras aguas nutridas de tiburones. Tiempos, éstos últimos, de un equipo de directivos y profesionales que no escaparon al calificativo de brillantes.
Pero antes ya se habían escrito bellas páginas de progreso técnico y profesional y de sanas ambiciones de servicio, que de eso de trata hacer radio. Hoy, que con insolente liviandad se escuchan verdades y mentiras sobre el comportamiento de los medios de comunicación bajo la dictadura, como si todos hubiesen rendido pleitesía a los golpistas, hay que recordar excelentes ejemplos de comportamiento digno, por parte de medios (y periodistas) entre los que está Radio Colón.
Así, es necesario entender hoy que era preferible hablar de libertad y democracia tantas veces como fuese posible, y gritarlo a los aires por cada pequeña ventana que se abriera, a enfrentarse como David a Goliat, durar un día y cerrar toda posibilidad de expresarse. Desaparecer, morir o "salvarse” en un doloroso exilio. Había que saber decir lo que decíamos ayer en medio del llamado Proceso de Reorganización Nacional. En otras palabras había que tener mucho ingenio para abrirse a la libertad. Se necesitaba algo más que mucho coraje para no someterse, ni humillarse, ni arrodillarse.
Radio Colón ni se sometió, ni se humilló ni se arrodilló. Que lo sepan los jóvenes profesionales de hoy que levantan dignamente la bandera de Radio Colón desde sus micrófonos. Y aquellos de otras nuevas emisoras.
Por eso es bueno que se expresen quienes pudieron vivir esa experiencia, y los que empezamos muy jóvenes en esta profesión a mitad de aquel camino oscuro, para que las nuevas generaciones, sobre todo, sepan que no todo aquel campo de la información fue orégano, ni fue fácil llevar adelante una tarea periodística que imponía desafíos cada día, en un ámbito que por naturaleza debe caracterizarse por la libertad.
Otra experiencia fuerte se vivió en los años ’50. Así, Colón arriesgó muchas veces su existencia en estos 80 años por decir la verdad y por no perder en el corazón de su empresa el sentimiento de libertad. Pero ese corazón inviolable que se forjó el mismísimo 5 de septiembre de 1930, día formal de su fundación, en democracia, pero nada menos que en vísperas del primer golpe de Estado de la Argentina, puede interpretarse como el embrión del "’libro de estilo” de la emisora. Y luce blanco hasta hoy este libro, porque ese es el color de la democracia y de la libertad. Quizá también por eso Radio Colón ha sentido siempre en su piel morena -surgida de la mezcla misteriosa del italiano paterno con el huarpe de su madre tierra- el pellizco de la gente por una queja, que, luego de tronar en el aire como denuncia, llegaba y llega al Valle en forma de servicio, para ser oída por quien corresponde.
Entonces, igual que en 1970 cumplió 40 "pero 40 nadie la daba”, hoy, a los 80, podría repetirse esa frase del imborrable jingle. O como en 1974 le cantaron la cueca "que la estaban tocando y bailando desde hace rato”. O como en 1980, al celebrar sus Bodas de Oro sentenció haber empezado casi como el primer viñedo, "tirada por cuatro sueños y una semilla, la radio”.
Es la emisora sanjuanina modelo de radios y de profesionales que interpreta lúcidamente la vida y sabe envejecer por su maravillosa experiencia. Como los sabios. Pero sin dejar de admitir "errores y virtudes, como la gente”, igual que reza ese otro jingle-hito que también cuenta su vida, inmortalizada, felizmente, por decenas de generaciones de sanjuaninos.
